Episodio 2. NOVELA: EL CASTILLO DEMONIACO DE DRÁCULA "SANGRE DEMONIACA PESADILLA SANGRIENTA TOMO 1"
Episodio 2. NOVELA: EL CASTILLO DEMONÍACO DE DRÁCULA "SANGRE DEMONÍACA PESADILLA SANGRIENTA TOMO 1"
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EPISODIO 2. EL CAPÍTULO DEL CAMBIO DE RUMBO
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1
Ahí, era un mundo donde la luz del sol era rehusada y la existencia del día era incierta.
Los frondosos árboles se extienden sin cesar, arrebatando desde la tierra las bendiciones que vienen del firmamento. En el fondo del bosque siempre deambulaba la oscuridad, por eso, ahí no era escaso el ver sombras de seres no humanos.
Las personas, en la muy escasa tierra despejada y ganada al bosque, estaban viviendo todas apiñadas. Había muchas pequeñas aldeas, sin embargo, estaban obstruidas por la fuerza de la gran naturaleza, incluso no era sencillo mantenerse en contacto mutuamente. El límite era la tierra a la que se podía llegar caminando desde el amanecer hasta el atardecer. Cualquier cosa más que eso se llamaba un viaje, y necesitaba la determinación de arriesgar la vida.
El bosque estaba lleno de peligros. Espíritus que se dice confunden y engañan a los transeúntes, y a veces incluso devoran almas, además de bestias feroces, deambulan por ahí. Fue idea de los aristócratas cazar lobos acompañados por vasallos capaces, incluso ellos solo pusieron un pie en el bosque en invierno, cuando el poder de los espíritus se debilita, las hojas caen y el campo de visión se abre.
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El verano es la antítesis del invierno. No se puede evitar decir que viajar en esa temporada es una temeridad.
Hubo tres personas temerarias.
Din Silva, mientras sin distracciones estaba atento a las proximidades, también su atención se centraba en las dos personas que lo acompañaban, para ser más precisos, estaba preocupado por la verdadera identidad de Pierre Baian, quien se hacía llamar un verdadero alquimista, o más bien, sus verdaderas intenciones, cuanto más se angustiaba por eso, más se preocupaba por la mujer que más amaba Elizabeth Aye.
¿Por qué los acompañaba Pierre?
Esa, era una duda que salía a flote en su cabeza innumerables veces. Din se burló de sí mismo. ¿Por qué necesitaba reflexionar? ¿Él no era un misionero también? El joven que iba a la cabeza se secó el sudor de la frente y respiró hondo. Al igual que él mismo y Liz, Pierre también estaba apasionado por la obra misionera. Más que eso no debería haber ninguna necesidad de romper su corazón.
Din se preguntó si el mismo estaba descalificado como obispo.
Sin embargo... sin embargo, Pierre Baian es un pecador. Pierre robó el valor de las ventas de un año del gremio de artesanos en el que estaba involucrado y más que eso, lo despilfarro en una noche de diversión en la capital. Como consecuencia, por el goce fugaz, debe haber matado de hambre a docenas de artesanos. Él no sintió culpa. Al menos no lo parecía. De regreso a la ciudad...
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Pierre inmediatamente buscó refugio en la iglesia, se arrodilló ante el arzobispo y se arrepintió de su pecado. Derramo lágrimas, pero la sonrisa que siempre tenía no desapareció de las comisuras de sus labios.
Las personas hablaban mal de Pierre, lo llamaban un tipo sucio.
Le gritaban que sin duda su confesión era falsa.
Porque ya antes había pasado.
Aun así, el arzobispo no tuvo más remedio que declarar su corazón purificado. El poder del Señor debería llevar a cualquier pecador al arrepentimiento. Porque así lo profesó.
Como las oscuras nubes antes de una tormenta, un sentimiento de desconfianza hacia la iglesia se extendía en los corazones de las personas.
A pesar de su posición como obispo, Din no podía perdonar a Pierre.
No era que dudaba de Dios. Sin embargo, creía que hay pecados que no se pueden lavar.
Su misma existencia ya era un pecado. No era que se fuera tiñendo de negro, era una persona que nació con un corazón oscuro. El mal entre los males, sin ningún fragmento de bien en él. Din pensó que ese era Pierre. Un demonio que confrontaba al Señor. No hay manera de salvar a esos malvados caídos. La extinción será purificación y salvación.
¿Por qué Dios creó el mal? En la iglesia le enseñaron lo siguiente. Que incluso en ocasiones el mal puede actuar para el bien. ¿Ahora, es ese momento? ¿En ese caso, el pecador, Pierre Baian, fue creado por Dios para este arriesgado viaje misionero?
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No lo podía creer.
Tal era la Iglesia local a la que Din servía. Una iglesia local en los más de los casos se ubicaba en tierras privadas, que eran propiedad y estaban controladas por un señor feudal. En otras palabras, era una iglesia privada.
Guillaume de Burman, mientras administraba una de estas tierras privadas, él mismo se convirtió en arzobispo y estaba predicando las enseñanzas. El arzobispo Burman era un hombre ferviente y piadoso que nunca ejercía su autoridad, un espejo del clero. Excepto por un mal hábito.
Lo que amaba más que a nada era a las mujeres. Por supuesto, no había forma de que pudiera poner sus manos sobre una mujer de la ciudad. De ahí que, hasta el amanecer, el objeto de su pasión, fuera elegido exclusivamente desde dentro de la iglesia.
En la jerga a eso se le llamaba "bautismo".
Algunos miembros del clero, como Din Silva, criticaron al arzobispo, pero no se podía hacer nada y todo quedo en chismorreo. Más bien debía elogiarse la misericordia de Burman al acoger en la iglesia a quienes no tenían otra forma de vivir, criarlos como clérigos y, aun así, no pedirles favores, considerando que las mujeres habían accedido a pasar la noche con él, no creían que valiera la pena acusarlo. Además, si esta iglesia se perdiera, habria mucha gente que estaría en apuros por el pan de mañana.
Guillaume de Burman nunca pretendió ejercer el poder.
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Sin embargo, su corazón misericordioso, incluso si el mismo no lo deseaba o no era consciente de ello, a veces se convirtió en un gran poder que lo superó con creces. Nadie intentó desafiarlo, nadie.
2
El Arzobispo Burman siempre pensó en hacer su iglesia más grande y más confiable. Por eso estaba desconcertado por la insatisfacción de la gente del pueblo después de aceptar la confesión de Pierre. Pensaba que era la misión de la iglesia proteger a cualquiera, y así debería ser.
¿Cómo se podía borrar el sentimiento de desconfianza de las masas?
De repente le vino a la mente la idea de que Pierre siguiera el camino de un sacerdote. Si este era el caso, sería bueno para él y no debería haber inconvenientes para nadie. Sin embargo, las cosas no iban tan bien. Había sido muy indulgente con Pierre.
Cierto o no, en el pueblo surgieron rumores de que Pierre Baian había vendido su alma al demonio y así obtenido un método secreto para convertir el plomo en oro. Además, él para empeorar las cosas...
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empezó a llamarse a sí mismo alquimista. Los rumores están alimentados por el odio y la sospecha, y gradualmente se van haciendo más grandes y oscuros. Y así, llegó al punto en que incluso la misma iglesia estuvo involucrada.
El arzobispo Guillaume de Burman, al llegar eso a sus oídos, perdió el conocimiento, y durante tres días no pudo salir de su dormitorio. No es de extrañar. Los rumores eran despiadados y crueles. El arzobispo Burman se ha asociado con el alquimista Pierre, y no solo está enriqueciendo su bolsillo con sus métodos secretos, sino que también están tramando la resurrección del maldito Rey Demoniaco, había diferencias en la forma en que la gente lo decía, pero ese era el contenido de los rumores que se susurraban. Burman no sabía qué hacer. Sentía ganas de llorar. La tarea era restaurar el prestigio de la iglesia mientras se cumplía con la ley. Lo sabía. Sin embargo, no logro idear un método en específico. Hasta que pasó cierto incidente.
El cual fue causado por los malos hábitos del arzobispo.
Quería olvidar las preocupaciones que pesaban en su corazón. Quería abrazar a una mujer. Quería enterrar su cara en un suave pecho y olvidarse de sí mismo. Pero esta vez su pareja no tenía que ser cualquiera. Debía ser una mujer inteligente, comprensiva y con buena personalidad que fuera capaz de otorgar una revelación dentro del amor de una noche.
La elegida fue Elizabeth Aye.
Aunque ella era mujer, pertenecía al clero llamado sacerdocio.
Esa asignación inusual no fue más que una indicación del arzobispo Burman. Por supuesto, ella era hermosa.
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Pero no era solo por eso. No importa que tanto amaba Burman a las mujeres, no tenía la intención de comportarse de manera tan egoísta. Fue porque todos pensaron que era adecuada para el sacerdocio.
Lo que fue el error de cálculo de Burman fue la resistencia de la reverenda Aye. Ella podría haber sido la consejera del arzobispo. Sin embargo, no tenía la intención de ser "bautizada". Ella misma nunca intento pensar en tal objetivo.
Solo cuando la abrazaron por los hombros, la empujaron sobre la cama y casi le succionaron los labios, fue la primera vez que Elizabeth Aye entendió la posición en la que estaba. Arañó la cara de Burman, le mordió los dedos y salió corriendo. Mientras lloraba. Salió corriendo abrazando fuertemente su delgado cuerpo.
El arzobispo no hizo ningún intento de perseguirla. No esperaba ser rechazado. Necesito tiempo de copiosa respiración antes de que pudiera captar la situación. Un escalofrío recorrió la columna vertebral del arzobispo Burman al instante de recordar la relación entre Elizabeth Aye y Din Silva. No lo mostraba por fuera, pero sabía que a Din no le gustaban sus malos modales con las mujeres. Al pensar en lo que estaba a punto de suceder, Burman no pudo evitar sentirse mareado.
¿Qué harías si la mujer que amas estuviera a punto de ser violada?
Sin duda enseñarías tus colmillos. Ante quienquiera que sea. Sí, aunque fuera...
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ante el arzobispo Guillaume de Burman.
No había tiempo.
Nunca imagino que esto sucedería. Rápidamente, tenía que poner manos a la obra. Burman, sin embargo, no quería actuar de forma vil, ejerciendo su autoridad. Pensó que debía seguir con detenimiento la ley y restaurar su dignidad como arzobispo y el prestigio de la iglesia. En ese sentido, Burman era un verdadero clérigo.
El arzobispo miró hacia el cielo y dejó escapar un profundo suspiro. Esta iglesia ha llegado a su fin, pensó. La credibilidad que se perdió por el asunto de Pierre quizá no se recuperará y además seguirá cayendo.
Gimió levemente y se tiró del cabello. De repente, sus manos se detuvieron. Se dio cuenta de que sería algo bueno juntar a los 3, el alquimista Pierre Baian, la reverenda Elizabeth Aye y el obispo Din Silva. Burman se arrodilló y ofreció palabras de agradecimiento al Señor. Rápidamente, llamó a su sirviente y le ordenó que trajera al obispo Din Silva.
Mientras veía alejarse a su sirviente, surgía de Burman un sentimiento de orgullo por habérsele ocurrido esa maravillosa idea. Estaba tan feliz que hasta murmuro algo.
"Misioneros".
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Al mismo tiempo, hizo una sonrisa de satisfacción.
3
"Las leyes de la obra misionera, descansan en ustedes".
Las palabras del arzobispo Burman fueron absorbidas por la mente de Din mediante una resonancia compleja.
Incluso recordarlo ahora le hace sentir algo extraño. Mentiría si dijera que no quisiera eso. Había una ligera insatisfacción con la iglesia. No podía estar de acuerdo con los métodos de seducción de las masas para tratar de reparar la dignidad de la iglesia y aumentar el número de creyentes.
Y además, sobre Liz es decir Elizabeth Aye. Din la amaba. En medio de la noche, los dos se escapaban de la iglesia y se susurraban sus pensamientos mutuamente. Quería abrazarla, quería que lo abrazara, quería que se abrazaran.
Sin embargo, esa era una conducta imperdonable.
Lo sabía. Estaba seguro de saberlo. Pero, lo que sentía cuando se metía solo a su frío lecho era desconcierto. Su cuerpo estaba a punto de ebullición. Tenía impulsos irresistibles. Alterado ofrecía rezos a Dios,
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aun así de su mente no desaparecía la sonrisa de la reverenda Aye. Din amaba a Elizabeth Aye. Era en serio. Por eso quería hacer un voto de matrimonio con ella.
Sin embargo, lo que los obstaculizaba era la ley. Esas iglesias locales no permitían el matrimonio para aquellos que servían a Dios. La ley trasciende el bien y el mal. No podían no seguir las reglas. ¿No son únicamente físicas y poco éticas las relaciones que solo buscan el éxtasis? ¿Está permitido el "bautismo" realizado por un arzobispo? Tenía esas dudas, pero no podía oponerse.
La ley era absoluta. El límite de Din era envolver con sus brazos los delgados hombros de ella, y no debía aproximarse más que eso. La insatisfacción iba aumentando día a día. Incluso pensaba si el sistema de la iglesia no debería cambiarse. En ese momento tales fueron las palabras del arzobispo Burman.
"Las leyes de la obra misionera, descansan en ustedes".
Din al principio no entendió lo que eso significaba. Pero cuando vio los arañazos en la grasienta cara del arzobispo y la llorosa cara de la reverenda Aye, que fue la siguiente en ser traída, al fin entendió lo que había sucedido. No hubo sorpresas ni enfados. La voz del arzobispo resonaba agradablemente en sus oídos como música sagrada. Burman tenía la intención de enviar a Din y Elizabeth a las fronteras como maestros predicadores. Y dijo que de esa manera ahí la ley les seria confiada. En realidad,
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puede haber sido un intento de mantenerlos a los dos alejados de la iglesia antes de que surgieran los problemas, pero había una forma de pensar en ellos parecida a la de Burman.
"Las leyes de la obra misionera, descansan en ustedes".
Virtualmente era un destierro.
Eso pesaba mucho en el corazón de Din. Sin embargo, pensó que podrían superarlo. Se tenían a sí mismos. Si iba a ser con Liz. El joven misionero vio a la mujer limpiándose las lágrimas.
Con su juvenil cabello corto, recortado justo debajo de las orejas. Eso hacía que la apariencia de su cara se mostrara algo andrógina. Los ojos redondos y grandes. Le devolvieron a Din una mirada directa.
El hombre asintió.
La mujer también asintió.
Así que todo estaba decidido. A embarcarse en un viaje para acercar la realidad al ideal.
A compartir todo juntos. La alegría de predicar las enseñanzas a las personas de la frontera que tienen un corazón puro. La felicidad de tener siempre a la mujer que amas a tu lado.
Fue en la mañana de la partida que les dijeron que otra persona se uniría en el viaje misionero. Din no pudo evitar sorprenderse al saber que era Pierre Baian. Al mismo tiempo, espontáneamente se preocupó por los peculiares métodos del arzobispo Guillaume de Burman.
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Aunque se hizo monje a Pierre en un intento de reformarlo, surtió el efecto opuesto, su rezumante herejía y su olor a inmoralidad hizo que se ganara la antipatía, e hizo que la gente albergara un sentimiento de desconfianza hacia la iglesia. Sin embargo, no se podía desterrar a este alquimista así como así.
Pierre no hizo ningún mal en la iglesia. Al menos eso parecía. Se debía tener una razón convincente. Por eso lo eligieron para ser misionero. De esta manera, legalmente era posible echarlo de la iglesia o del pueblo. Es más, si él regresaba a la ciudad, era posible castigarlo por abandonar la gran misión de la predicación.
Así, los tres misioneros emprendieron su viaje hacia la frontera.
No era un viaje sin rumbo. En palabras de un alegre Pierre, en oriente todavía hay regiones donde las enseñanzas del Señor aún no se han difundido. Era un viaje creyendo en eso.
Lo que los espera son sueños.
Din con el pecho erguido dejo la iglesia.
Sin embargo, ni en sus sueños pensó que pudieran ser sueños febriles o pesadillas.
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4
En el bosque oscuro al mediodía.
La maraña de ramas de los árboles reaccionan sensiblemente a las leves caricias del viento, haciendo vibrar las hojas como dulces suspiros. La luz no llegaba al fondo del bosque. Solamente andaba en el aire el olor a bestias y hojas caídas. Por doquier las raíces de los árboles se enroscan como grandes serpientes. Se necesitaba prestar mucha atención para caminar sin ser atrapado por ellas. Y aun si no es así, la podrida tierra que nadie ha pisado nunca da escalofríos por la espalda como insectos arrastrándose con cada paso que das.
Pero, en realidad, no había ningún rastro en los espíritus de la muerte, ni de bestias ávidas de carne ensangrentada.
No se veía qué hubieran. Aun así, no podían sentirse tranquilos.
Porque quizá solamente estaban buscando una oportunidad.
El joven misionero Din Silva no bajaba la guardia en este tenso viaje.
Todos los días se la pasaban caminando. El ideal que una vez habían perseguido ya no estaba allí. Las esperanzas que se hincharon cuando se despertaron por la mañana se marchitaron cuando se puso el sol.
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¿Hasta dónde debían caminar antes de que se despejara el bosque? Aprendió por primera vez que la ansiedad tiene el poder de aumentar la capacidad de trabajo. Es como tener fiebre.
Cada vez que Din se iba a dormir, tenía un sueño. Era un sueño maravilloso.
Un cielo verdaderamente azul.
Un viento fresco y agradable.
Una pequeña aldea llena de flores. Las cálidas sonrisas de las personas. Al resonar el sonido de la campana en la atmósfera, los hombres dejan de trabajar en el campo, las mujeres dejan de hacer las tareas del hogar, los niños dejan de jugar y oran a los dioses por su felicidad diaria. En poco tiempo, el olor de los alimentos cocinados aborda el viento, y los niños y los hombres se apresuran a sus respectivos hogares.
Esas escenas cruzaban por la mente de Din todas las noches. Sin embargo, incluso los sueños pueden ser triturados cruelmente. El sosegado viento, de repente, aumenta en ímpetu, y aparecen nubes turbias en el cielo, lanzando a la superficie de la tierra una oscuridad que no pertenece a la noche. De algún lugar se escuchan unas palabras malditas. "Despierta, ¡oh Rey Demonio! de tu profundo letargo y cubre al mundo con locura y miedo". En poco tiempo, una lluvia de sangre cae sobre la tierra.
"¡Si es una pesadilla, despiértenme!"
El grito del corazón del misionero llega milagrosamente a Dios y se le permite iniciar el día. Y así Din se libera de una pesadilla que parece congelar hasta su alma.
Ayer también lo soñó.
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Todos los días pensaba en eso.
La marcha de la iglesia se siente como si hubiera sido hace mucho, mucho tiempo.
Ahora estaba en un mundo con solo dos cosas, día y noche.
Había perdido la noción del tiempo, y solo esos dos elementos se convirtieron en su norma de conducta.
Ayer fue igual que hace diez días, y los días pasados tenían el mismo valor.
¿Por qué Pierre Baian viene con nosotros dos? Din pensó de repente. Sentía como si en ese momento acabara de reflexionar sobre eso, pero había pasado mucho tiempo desde que había estado meditado en ello. Como sea. Eso en sí mismo no es importante.
¿Por qué Pierre Baian iba con ellos dos?
En efecto, los tres fueron desterrados de la iglesia, por lo que nadie les tendría que reprochar nada de lo que hicieran de ahora en adelante. Libres. Sí, eran libres. Sin embargo, aun así, Pierre no abandonó su camino misionero. Sin proferir ni una sola palabra de descontento o insatisfacción, simplemente seguía caminando. En un viaje que no se podía saber cuándo terminará. Para Din eso no era extraño. ¿Se había reformado y había comenzado a querer realmente difundir las enseñanzas de Dios?
No.
Era una simple corazonada. Pero no había razones para creer eso.
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Sabía que estaba mal sospechar en demasía de la gente. Sin embargo, Din Silva estaba convencido. No podía bajar la guardia. No podía creer en ese tipo. Estaba mal confiar en él.
Incluso cuando ofrecía sus plegarias al señor antes de los alimentos. ¿Por qué necesitaba murmurar las palabras de gratitud en voz tan baja que ninguna otra persona podía escuchar? ¿Creía que la excusa de estar avergonzado funcionaria?
Este hombre esconde algo. Estaba planeando algo. No podía bajar la guardia. Definitivamente no. Aparentaría que no pasaba nada y vería que sucede.
El bosque estaba dominado por el olor a sangre. ¿De quién fue derramada esa sangre? Humanos. Bestias. ¿O de algún otro ser? Al respirar profundamente, sintió una especie de líquido vital en lo profundo de su garganta. Sintió náuseas. Se sintió mareado. Din contuvo la respiración y siguió caminando.
Lo que hay en el aire aquí no es el olor de la sangre. No es más que un hedor denso que emana de innumerables hojas. Lo sabía. Aunque... lo supiera. Recuerdos heredados de ancestros lejanos, durmiendo profundamente dentro del cuerpo. No pudo evitar sentir como si estuviera volviendo a la vida.
Se dice que en tiempos antiguos, los seres humanos, como si fuera natural, comían la carne y bebían la sangre de personas de su misma raza.
Eso es una forma pervertida de amor.
Es el resultado de querer el corazón de la otra persona, querer su cuerpo, e incluso querer su alma por amor.
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Desde el instante en que los humanos obtuvieron la razón, se suponía que eso se convirtió en tabú y fue olvidado. Pero, este bosque... este olor es como de demonios. Excavando en la tumba llamada memoria, se reviven los instintos que deberían haberse olvidado.
Sed roja, o éxtasis carmesí.
Din abrazó a Elizabeth y sintió un impulso, un deseo profundo por esos labios, pero apretó el puño y se resistió desesperadamente. Mientras se preguntaba cuánto tiempo más sería capaz de resistir esta tentación.
No durará para siempre.
Se sentía como eso.
¿Por qué debería ser atormentado por esta locura? Con odio en su corazón, imaginó mentalmente la cara del alquimista Pierre Baian. No hay emoción que sobrepase a la ira. Aun con su desvanecido cuerpo por el hambre física, Din nunca dejó de pensar.
Pensó que era un error creer en las palabras de Pierre y viajar. Este bosque se extiende hasta los confines del mundo, y quizá estuvieran destinados a caminar hasta la muerte. Lo odiaba. Odiaba eso. El joven misionero se dio la vuelta y quiso vociferarle a Pierre. ¿En dónde está la aldea? ¿Dónde viven las personas que piden ayuda?
Los tres se detuvieron al mismo tiempo.
El sol está inclinado, y el cielo, que se ve débilmente a través de los huecos entre las hojas, está teñido de bermellón.
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Una fragancia nostálgica llegó a las narices de los misioneros. Din olvidó la fatiga que se había acumulado en su cuerpo y comenzó a correr. Los otros dos siguieron su ejemplo. Sin aliento, mareado, y con el corazón acelerado. Aun así siguió corriendo. Se dio cuenta de que los árboles se estaban volviendo cada vez más escasos. De repente, el bosque se despejó.
Había un país más allá del bosque.
Ahí se encontraba una aldea como tanto había soñado. Los tres se detuvieron. Din se dio cuenta de que derramo algunas lágrimas y sonrió.
5
No era que las personas no creían en la existencia de Dios. Por el contrario, constantemente tenían una actitud cordial y ofrecían oraciones de gratitud.
Creían que los dioses o espíritus residían en todas las cosas sin excepción, y sabían por experiencia que si los ofendían, el rendimiento de sus cosechas y su salud se verían afectados negativamente. Al enfermarse un niño, se excusaban con los espíritus por haber descuidado sus oraciones, y al parir sus animales, como por ejemplo sus cerdas, le ofrecían ofrendas a los dioses en señal de gratitud.
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Las vidas de los aldeanos estaban estrechamente unidas a sus dioses y espíritus, y de ningún modo se desligaban. No obstante, los dioses a los que adoraban eran solo existencias vagas y abstractas, por lo que ni siquiera tenían nombres, y mucho menos apariencias.
A los misioneros, que fueron recibidos como viajeros, se les contaron historias que se transmitían sobre los dioses de la aldea.
No era exactamente lo que querían Din y los demás. Al mismo tiempo que terminaron sus alimentos, el jefe de la aldea, Bori Renard, comenzó a hablar en voz baja.
Mientras escuchaba eso, Din pensó si la obra misionera aquí sería muy complicada ¿Por qué ellos le contarían una historia así a unos viajeros que no conocían ni habían visto? Din y los demás no habían revelado su condición de misioneros. Solamente habían hecho una modesta oración antes de los alimentos. Tal vez, aquí, en un lugar tan distante, rechacen la obra misionera. No podía evitar pensar eso. Sin embargo, no sentía ganas de retirarse de esta manera y reencontrarse nuevamente con un viaje de pesadilla. Exhaló una profunda respiración.
Elizabeth Aye sacó dos estatuillas del interior de su equipaje.
Al ver eso, Din se sorprendió y al mismo tiempo se asombró por su inteligencia.
Eran unas estatuillas sagradas que estaban prohibidas de adorar por la iglesia local.
El arzobispo Guillaume de Burman prohibió estrictamente este arte, considerándolo herejía.
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Representar a Dios a través de pinturas o estatuas corría el riesgo de reducir la fe sagrada a un culto material de bajo nivel. Es por eso que aunque no estuvieran en problemas financieros, la catedral de la iglesia local era una estructura muy simple, con solo una gran cruz como símbolo de Dios.
Sin embargo, no fue siempre así, en los viejos tiempos el arzobispo nunca fue alguien que rechazara el culto a las imágenes sagradas. Din Silva lo sabía. Anteriormente, Burman hizo que un escultor hiciera una espléndida estatua sagrada. No obstante, no le gustó el resultado y tuvo una discusión con el escultor. Ambos tenían sus propios ideales y creencias, por lo que nadie dio marcha atrás. Finalmente, ambos tuvieron, por así decirlo, una ruptura. El escultor hizo pedazos la obra maestra de su vida con su martillo. Con lágrimas en los ojos Y además gritando. "Tú no entiendes de arte, muérete". Fue entonces cuando el arzobispo Burman cambió. Desaprobaba cualquier pintura o estatua con Dios como tema, e incluso llegó a decir que aquellos que no los destruyeran serían considerados herejes. Por eso Din se sorprendió con Elizabeth, que tenía dos estatuillas ocultas.
La reverenda sacó las estatuillas y las colocó sobre la redonda mesa donde el jefe de la aldea y los demás pudieran verlas bien. Luego, con voz clara, les explico pausadamente. Sobre Dios y su santa madre.
Los aldeanos parecían escuchar atentamente el misterioso mito. Aquí es donde Din quedó impresionado.
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Sus dioses, que ni siquiera tenían nombres, eran existencias vagas. Por lo tanto, era importante ayudarlos a conectar sus pensamientos internos con imágenes más claras.
Los iconos poseen una presencia abrumadora y tienen un impacto considerable en los corazones de las personas.
Elizabeth ya había pensado en maneras de facilitar el trabajo misionero.
Por supuesto, no pensó que la obra misionera iría bien solamente con esto. Hacer que el venerado Dios de la iglesia fuera igual de respetado aquí en estas tierras debía ser una tarea de gran perseverancia.
Sin embargo, esto era suficiente por ahora.
Los ojos de los aldeanos se habían desplazado de la narradora de los mitos a las dos estatuillas. Como si los hubieran atraído.
Era suficiente. Más que suficiente. Dentro de poco, la doctrina trascenderá las leyendas y las tradiciones y permeará sus corazones. Din estaba convencido de eso.
La voz de Elizabeth Aye continuaba. Una melódica voz.
Intensamente emocionado, hasta incluso los dedos de los pies. El joven misionero miró confiado a su amada. Se sentía honrado de amar a esta mujer y privilegiado de ser amado por esta mujer. Nunca olvidaría este día por el resto de su vida. Una noche para el recuerdo. Din cerró suavemente los ojos. Tenía tantas ganas de quedarse dormido así.
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Era un sueño quedarse dormido, así escuchando la voz de Liz mientras sentía su respiración. Tenía la sensación de que se haría realidad esta noche.
Fue entonces cuando reparo.
En la existencia de Pierre.
Miro lentamente alrededor de la habitación.
No estaba.
¿A dónde fue?
¿Qué estaba haciendo?
No sabía por qué, pero se sentía intranquilo. Algo frío se deslizó por su columna vertebral. Sintió un mareo. Una ola de frío atroz dominaba su corazón. Instintivamente, abrazo su propio cuerpo, pero fue inútil.
La voz de Elizabeth Aye continuaba. Su melódica voz. Pero incluso después de escucharla, la calidez no volvió al corazón de Din. Él simplemente continuo sentado allí con una pálida cara.
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No sabían si era una prueba o no de la apertura del corazón de la gente, pero a Din y los demás se les permitió vivir en la aldea. Los aldeanos construyeron una humilde iglesia en las afueras de la misma.
Mientras Din y Elizabeth trabajaban duro en el campo, también encontraron tiempo libre para leer la Biblia a los aldeanos.
Así pasaron los primeros diez días.
Durante ese tiempo, Pierre rara vez le mostró su cara a los dos.
Din pensó que estaba siendo reservado o considerado con ellos, pero realmente no daba la impresión de que fuera eso. Parecía que había construido su propia cabaña el mismo, y vivía ahí. Poco a poco dejó de visitar la iglesia y pronto dejó de mostrar completamente su cara. Aun así, Din no reprochó a Pierre su conducta. Fue la conclusión a la que llego después de consultar con Elizabeth.
Pierre Baian nunca tuvo razones para querer ser misionero.
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Quizás lo que buscaba era tranquilidad. Por suerte, vivía sin causar ningún problema a los aldeanos. Él debía vivir como él deseara. Tenía ese derecho.
Din miró con recelo a Pierre cuando partieron en su viaje misionero, pero recientemente eso desapareció. Cuando caía la noche, Din no sentía necesidad de preguntar en dónde vivía o qué se la pasaba haciendo.
Así es, aquí todos eran libres. Toda persona tenía derecho a perseguir sus sueños.
Un día, Pierre Baian repentinamente visito la iglesia acompañado por dos aldeanos.
Al verlos, Elizabeth derramó lágrimas de alegría. Din también casi lloró.
Porque lo que tenían en sus manos era una pequeña pero espléndida campana. El alquimista orgullosamente se frotó debajo de la nariz con el dedo índice.
Incluso con sus habilidades metalúrgicas, sin duda debe haber sido una faena inimaginable en esta aldea sin infraestructura fabricar una campana como esa.
Excavando rocas de las montañas y haciendo carbón vegetal de los árboles. Quizás fue precisamente porque estaba ocupado con ese tipo de labores que no visitó la iglesia antes.
Rebosante de alegría, Din no pudo expresar palabras de gratitud. Solamente se inclinó profundamente.
Pierre solo se rio ante eso. Luego le dio la espalda al obispo y a la reverenda y comenzó a caminar.
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No parecía que quisiera volver a la iglesia. Según los aldeanos, parecía estar inmerso en la investigación de la alquimia.
Din estuvo de acuerdo con eso. Recordaba haber escuchado que el tiempo es un factor importante en las investigaciones que involucran fármacos y metales. Tal vez la campana era su contribución y le dejaba a la iglesia el papel de hacer con ella lo indicado. Eso es lo que parecía pensar Pierre.
Si bien aun así, no se desvaneció su sentimiento de agradecimiento. Solo fortaleció su resolución de llevar a cabo el sagrado deber de hacer repicar la campana.
Tres días después, al lado de la iglesia se construyó un sencillo pero robusto campanario.
En el momento en que el Sol cayó pronto sobre el bosque occidental. Los aldeanos rodearon la iglesia.
Din sonrió ampliamente y miró a la multitud. Fue una lástima que Pierre, que fabrico la campana, no estuviera allí, pero el misionero seguía sonriendo.
Después de aguardar a que aumentaran las expectativas de la gente, le envió una señal a Elizabeth.
Puso un semblante serio y tiró de la soga contigua a ella. Después de un instante de retraso, el seco sonido de la campana comenzó a llenar la atmósfera.
Altas, bajas. Largas, cortas. Pesadas, ligeras. Las complejas ondas de sonido impregnaban el viento como una brisa fresca.
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Era un sonido que estremecía el alma. Los sonidos producidos uno tras otro se mezclaron, se combinaron y, antes de darse cuenta, se habían convertido en uno. Los remanentes de los sonidos que quedaban después de tocar la campana eran absorbidos por el bosque y finalmente desaparecían. Sin embargo, la aldea no quedaba en silencio. Porque los vítores y aplausos de la gente no lo permitían.
Din y Elizabeth intercambiaron sonrisas de alivio.
La campana fue aceptada por la aldea.
El sonido de la campana cambió de forma gradual pero evidente la vida de los aldeanos.
Por temor a interferir con su sueño, se abstuvieron de hacerlo a mitad de la noche, pero después de que salía el sol, tocaban las campanadas del servicio de las mañanas, el de las alabanzas, a continuación, al mediodía, el servicio de las 6, y luego de eso, el servicio de las 9, después de que el sol se pusiera repicaban las campanadas del servicio de la noche, y poco antes de que la gente se fuera a dormir, sonaban las campanadas del servicio final para señalar el término del día.
En cuanto al concepto del tiempo, según lo aprendido en la Iglesia local, adaptaron el método de dividir el día y la noche en doce partes iguales. Pero aquí, por falta de las velas de sebo que normalmente se usaban para medir el tiempo, la campana no podía tocarse con tanta precisión como en las iglesias locales.
Aun así, se podía percibir más o menos bien el tiempo a partir de la longitud de las sombras proyectadas debido a la luz del sol o la nitidez de las sombras bajo la luz de la luna.
Hoy también la campana resonaba en la aldea.
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A día de hoy, el sonido ya no impresionaba, pero es prueba de que se convirtió en la tónica de la vida de la aldea, y parece que fue más que suficiente para concienciar a la gente del paso del tiempo. El concepto de los intervalos de tiempo comenzó a surgir en las conversaciones en todas partes. Incluso se intercambio alguna promesa de encontrarse en la casa de Tims cuando sonara la campana del servicio de las 9.
El concepto del tiempo evidentemente penetro entre los aldeanos. Sin embargo, Din se sentía poco más que insatisfecho e irritado.
Pensaba que más bien lo único que fue aceptado por la gente era el sonido de la campana. Pocas personas asistían a la comunión. Algunos días, nadie ni siquiera visitaba la iglesia.
El joven misionero se sentía perdido en un bosque hundido en la oscuridad.
En primer lugar, ¿Por qué razón existen las campanas de las iglesias? Era cierto. Eso se debe a que los intervalos de tiempo son la nota clave de la vida tanto para los clérigos como para los creyentes. Y ser consciente de los períodos de tiempo conduce a la eficiencia del trabajo y a la creación de tiempo de ocio. Sin tiempo de sobra, la cultura y la civilización inevitablemente se estanca. En otras palabras, la diferenciación del tiempo es imprescindible para el progreso humano.
Din dio un gran suspiro. Se podía interpretar que el hecho de que no fueran a la comunión, a pesar de que aumentó el tiempo que pasaban fuera del trabajo, significaba que no veneraban al Señor como Dios. Tenía que hacer algo. Porque Dios se hace más grande y más fuerte con la fe de las personas.
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Pero, en la impaciencia de Din, también había una idea poco clerical, la de que quería ser reconocido por su razón de ser como misionero.
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Al principio, Elizabeth Aye se opuso. Por supuesto, eso no era algo malo, y es una táctica común que usa la iglesia para aumentar sus seguidores.
Pero Elizabeth objetó.
Din sabía exactamente lo que quería decir.
Sencillamente, no había necesidad de asustar adrede a los aldeanos amantes de la tranquilidad. Eso es lo que decía.
Sin embargo, Din se negó a cambiar su opinión. No podía hacer eso. ¿Qué había de malo en intentar atrapar el sueño que tienes frente a tus ojos? Y también eso que planeaba era por el bien de los aldeanos. De lo contrario, no tenía sentido quedarse en esta aldea. ¿No es cierto que un misionero que no ejerce la obra misionera es similar a un pájaro al que se le cortan las alas? ¿No era solamente una prueba para que todos pudieran ser felices?
Finalmente, la mujer cedió a la repetida y entusiasta persuasión del hombre que amaba.
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De este modo, eso que tenía un alma de oscuridad, fue liberado.
Din reunió a los aldeanos y comenzó a contar historias sobre un demonio aterrador. Con alas de murciélago, esta entidad malvada que vuela por el cielo nocturno desciende sobre los corazones de las personas, alimentándose de placeres momentáneos, llevándolos a la ruina. El caos que propaga no puede llamarse ley, y reducirá a quienes lo sigan a bestias en lugar de personas.
Los aldeanos solo escucharon en silencio. El misionero proclamó en voz alta. Que los que adoren al demonio serán viles esclavos paganos.
Por lo tanto, los paganos no recibirán la protección de Dios. Y por consiguiente, aunque murieran, no serían llamados al cielo.
¿Qué sucede con los cadáveres a los que les es negado regresar a la Madre Tierra?Así es, no tienen más remedio que seguir existiendo hasta pudrirse. Por los cuerpos a los que no les es permitida la liberación de su espíritu, la muerte fluye en corriente inversa, creando aquellos que no pueden morir, es decir, aquellos que viven tanto en el mundo de la vida como en el de la muerte.
Una chica de la aldea que estaba escuchando, de repente, comenzó a llorar. Un hombre que parecía ser su padre la abrazo fuertemente con su grueso pecho tostado por el sol. El hombre le susurró algo al oído a su hija. Después de un rato, la niña dejó de llorar, pero todavía tenía la cara pálida y su delgado cuerpo temblaba.
Al ver tal escena, a Din Silva le dolió un poco el pecho.
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Pero no podía detenerse aquí. Continuo.
La historia se extendió a los vampiros. Una existencia que vaga entre la vida y la muerte tarde o temprano acabará convirtiéndose en vampiro.
Las noches en las que una rojiza luna llena arroja una luz que crea malestar sobre la tierra. El color de la sangre se extiende lentamente en los adormecidos pensamientos nocturnos. Se pierde la razón, y los instintos sienten una sed que debería estar prohibida.
Los aldeanos, que habían estado escuchando en silencio hasta ahora, comenzaron a susurrar algo entre ellos.
Un demonio para hacer creer en Dios. Un método de adoctrinamiento que utiliza el miedo a la oscuridad que duerme en el corazón de las personas. El joven misionero Din Silva, satisfecho con los resultados, continuo.
Mencionaba que la adicción a la sangre era una enfermedad repulsiva. Afectado por esto, se apodera de uno una sed que el agua nunca podrá saciar. En pocas palabras, se necesitaba el agua de la vida, la sangre, para evitar que la carne cayera en ebullición. Pero, ese no es más que un acto que podría llamarse canibalismo. No se puede decir que la verdadera felicidad se obtenga segando la vida de los demás y prolongando la propia. La paz nace de la fe en Dios. No hay que dejarse engañar por el demonio. Ver fijamente la verdad y el realizar la propia vida como ser humano es lo que es la felicidad.
Un hombre de la aldea se puso de pie.
Volteo a ver al obispo y lo interrogo. "Si veneramos a Dios, ¿Podemos vivir sin convertirnos en vampiros?"
Din vigorosamente asintió con la cabeza.
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Les prometió que si contaban sus pecados y oraban diariamente, el Señor les devolvería una sonrisa. Luego le hizo una señal a Elizabeth Aye, que estaba a su costado.
La reverenda cerró los ojos y comenzó a cantar una alabanza con su clara voz. Mientras escuchaban, la gente de repente juntó las manos y oró. Din dejó escapar un suspiro de alivio.
Pero, los dos misioneros nunca soñaron que ocurriría un incidente que sacudiría a su iglesia hasta las raíces.
Una pesadilla como para hacer creer en Dios.
Sin duda un método de adoctrinamiento que utilizaría el miedo a la oscuridad que duerme en el corazón de las personas.
Las malignas leyendas y tradiciones estaban a punto de convertirse en realidad.
Porque la tentación carmesí era irresistible.
Un vampiro atacó la aldea.
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つづく / CONTINUARÁ





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