Episodio 4. NOVELA: EL CASTILLO DEMONIACO DE DRÁCULA "SANGRE DEMONIACA PESADILLA SANGRIENTA TOMO 1"
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EPISODIO 4: EL CAPÍTULO DEL QUEBRANTAMIENTO DE LOS MANDAMIENTOS
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1
Un vampiro apareció en la aldea esa noche, la misma noche en la que el joven misionero Din Silva trató de que la gente creyera en Dios contando historias sobre demonios.
Una noche en que la roja luna llena arrojo una luz repugnante sobre la tierra. El color de la sangre se extendió lentamente a través de los adormecidos pensamientos nocturnos. ¿Quién podría haber imaginado que un vampiro realmente aparecería la noche de esa historia que trataba de perdida de la razón y de instintos de sed prohibida? En primer lugar, Din no creía en algo como la existencia de los vampiros. Solo considero que el método de adoctrinamiento que utilizaba el miedo a la oscuridad que duerme en el corazón de las personas era el óptimo. Por eso, al ver un cadáver con dos colmillos en la garganta, el impacto fue tremendo.
La presa del ser de oscuridad fue una chica llamada Mari Freiz.
Preocupado porque no se había despertado a la hora del desayuno, el padre fue a su habitación y encontró a su hija sobre su lecho fría y muerta.
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Ronto Freiz lloro como loco. No era de extrañar. La esposa de Ronto murió mientras daba a luz a su hija. En esa niña él veía la imagen de su difunta esposa; la había estado criando sin ayuda durante 16 años, sin esperar que le sucediera algo como esto. Ronto enterró su cara en el pecho de su hija y lloró como un niño. Todos los aldeanos se compadecieron de él y le dieron palabras de consuelo, pero parecían no llegara los oídos de Ronto. Solamente seguía llamando a su hija, Mari. Continuó llorando, incluso cuando ya no tenía más lágrimas que le pudieran fluir.
Después de tomar un almuerzo sin muchas ganas, todos los aldeanos se reunieron en la residencia del jefe de la aldea. A Din le dolía la cabeza de la profunda preocupación causada por la profética historia de mal agüero que había contado la noche anterior. Era un sentimiento demasiado pesado como para llamarlo arrepentimiento. Hasta el punto de que tuvo la ilusión de que su corazón se había vuelto de plomo. Lo que pensó que podría guiar a las personas a la dicha, quizá dio como resultado algo que terminando invitando a la desdicha. No pudo evitar pensar eso. Quería ponerse una manta en la cabeza, cerrar bien los ojos, y taparse los oídos con ambas manos y llorar. Como un niño.
Por otro lado, sobre lo aterrador de ese cadáver... El joven misionero se estremecía un poco más cada vez que se le venía a la mente. Un horror que no se podía expresar con palabras. Esta no era la primera vez que Din veía un cadáver. Había visto lo que solía ser humano, en todas sus formas. Algunos estaban cortados y ensangrentados, incluso nauseabundos. Sin embargo, repugnante y aterrador son claramente diferentes.
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Si toca tu corazón aunque sea una vez, terminarás con una pesadilla que nunca desaparecerá, eso es el miedo. El inconsciente se alimenta del miedo y se vuelve poderoso antes de que nadie se dé cuenta. En poco tiempo, se convierte en locura y devora la conciencia. Din le tenía miedo a eso. Tenía muchísimo miedo de volverse completamente loco. Le paso lo mismo cuando vio a la mujer que más amaba, Elizabeth Aye. Cuando ella le pidió un abrazo, no pudo olvidarse de todo lo acontecido y al final no pudo abrazarla. Un pequeño temblor recorrió su cuerpo, y sin darse cuenta bajo su mirada al cuello de ella. A pesar de que la amaba tanto. A pesar de que no había forma de que Elizabeth, Liz, fuera vampiro. A pesar de que debía saber eso.
¿Qué haría si ella se convirtiera en un vampiro? Tales dudas surgían en su mente ¿Podría entregarle el mismo amor que antes? ¿Si él se convirtiera en vampiro, le seguiría amando? Eso es lo que pensaba. No lo sabía. Din con una mirada de preocupación en su cara trató de preguntarle a Liz estas cosas, pero se detuvo. Porque podía convertirse en una negación indirecta de la protección del Señor. El demonio existe solo para ver el gran poder y la gloria de Dios. ¿No le habían enseñado eso en la iglesia? Incluso la oscuridad más profunda es exterminada por la luz. Claro, si no te olvidas de orar.
Mientras pensaba eso, algo se le vino a la mente a Din. No se podía decir que las oscuras nubes se hubieran ido del todo, pero aún así había que encontrar el coraje para enfrentar las complicaciones.
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El hombre le sonrió gentilmente a la mujer y comenzaron los preparativos para dirigirse a la residencia del jefe de la aldea. Era fácil caer en el miedo, estar asustados. Sin embargo, lo que tenían que hacer era orar a Dios. Creer en Dios. Creer en el amor. No había que temer a los vampiros. Se lo tenían que comunicar también a los aldeanos. Tranquilizarlos. Devolverle la paz a la aldea.
Pero no les fue nada bien.
2
Din Silva y Elizabeth Aye se quedaron sin palabras, e inmóviles. De repente un vampiro apareció de la nada. Las personas estaban asustadas por ese miedo y mantenían la cabeza baja sin intercambiar palabras. Se habían imaginado tal escena, pero lo que vieron los dos misioneros fue a los aldeanos que no podían ocultar su ira y se acusaban unos a otros. Al mirar alrededor, incluso había gente que usaba la violencia. Nadie notó que Din y Elizabeth habían llegado a la residencia.
Sintiendo que la conmoción debía detenerse, Din entro en la habitación, pero eso fue todo. Había alguien tirando de su brazo. Era Elizabeth.
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Miró con una cara pálida al hombre que amaba, pero solo por un instante y rápidamente desvió la mirada. Din siguió su mirada. Lo que vieron los dos fue a Ronto Freiz, el hombre que había perdido a su hija y había estado llorando como un niño hasta hace poco. Mientras que la cara de Ronto se pnnía de un rojo intenso, estaba golpeando a un anciano que estaba cerca. Pero no fue ese espectáculo lo que hizo palidecer a Elizabeth y a Din. Sino las palabras que gritó Ronto. Unas palabras que no se podían creer.
¡Devuélveme la sangre que bebiste de mi hija! Gritó Ronto. Eso era indudable. No había forma de que hubierán escuchado mal. Y el anciano que estaba siendo golpeado respondió gritando. Unas palabras más que aterradoras.
¡NO BEBÍ LA SANGRE DE MARI, SOLO LA LAMÍ!
Elizabeth gritó. Se tapó los oídos con las manos y cerro los ojos con tanta fuerza que no pudo oír nada más, dejando escapar un grito sin palabras. Debido a eso, los aldeanos finalmente se enteraron de que los dos misioneros habían llegado a la mansión.
Entonces, dejaron de gritarse los unos a los otros y bajaron silenciosamente sus puños levantados. Ronto no fue la excepción.
Din abrazó suavemente a Elizabeth por el hombro y le susurró al oído que se tranquilizara, pero los aldeanos no podían apartar la mirada de ella. Los jóvenes misioneros lo acababan de ver. Lo acababan de notar. Lo que veían sus ojos. Era una vergüenza.
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El misionero no pudo evitar sentirse mareado.
En un instante, los actos inhumanos que sucedieron en esta aldea pasaron por su mente.
El jefe de la aldea, Bori Renard, se abrió paso entre la multitud y lentamente se colocó frente a Din.
Mientras Elizabeth se secaba sus lágrimas que habían comenzado a detenerse, Din puso suavemente su brazo alrededor de sus hombros y miró a Bori Renard. El jefe de la aldea también le devolvió la mirada, pero en poco tiempo comenzó a mirar hacia abajo como si ya no pudiera soportar la misma. Les contó sobre el abominable pasado de la aldea. Que por cierto, estaba mucho más allá de la imaginación de Din. En esta aldea había una extraña historia que se había transmitido durante mucho tiempo. La sangre es el líquido vital que gobierna la vida. Por lo tanto, los que la probaran tendrían vida eterna.
Tal era el contenido de ese tipo de historia.
Mientras escuchaba, Din sintió que su estómago se volvía más y más pesado.
La historia del alcalde aún continúo.
Les dijo que cuando moría alguien en la aldea, inmediatamente le cortaban el cuello con una daga y le ponían una cubeta grande debajo para recoger la sangre. Se interpretaba que los muertos, por alguna razón, entregaban su vida a los otros. La familia afligida por la muerte, probaba la sangre que se extraía y el excedente se distribuía entre los vecinos. Tal como el agua, el líquido vital no era rechazado, ni hacía sentir mal a nadie. Por el contrario, hasta les agradaba el dulzor que se quedaba pegajosamente en la garganta.
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Sin embargo, en algún momento nació la idea de que beber sangre humana era un tabú. No se sabía por qué, quién, ni en que circunstancias se comenzó a decir eso. Fue hace mucho tiempo, y los seres humanos de esa época ya no están vivos. Lo único que quedó de ellos en la aldea fue tal historia.
Bori Renard que había estado hablando hasta el momento, dejó escapar un gran suspiro. Din estuvo a punto de soltar espontáneamente los hombros de Elizabeth, pero cuando vio que el alcalde todavía no levantaba la vista, percibió que la historia no había terminado, así que no lo hizo. Efectivamente, él de nuevo abrió su ya pesada boca.
A los aldeanos no se les prohibía beber sangre. Simplemente, no bebieron más sangre humana. Por tanto, las personas a cambio empezaron a beber la sangre de las bestias. Cuando se servía un engordado cerdo en las mesas de los comedores, era su tibia sangre la que se servía como un manjar más. Preocupadas por sus crecientes arrugas y canas, las esposas le pedían a sus esposos que cazaran ciervos y conejos en el bosque casi todos los días. Por supuesto, eso era porque querían beber sangre. También era sangre lo que se vertía en la garganta de los ancianos que estaban a punto de completar su vida.
ESA COSTUMBRE CONTINUABA INCLUSO AHORA.
Eso revelo el alcalde, Bori Renard, a los dos misioneros, con una expresión de como cuando uno tiene que decir algo que no quiere decir.
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3
Mari Freiz fue asesinada por alguien y su sangre drenada. Así que lo que los aldeanos pensaron fue que alguno de ellos había roto el tabú. No satisfechos con la sangre de las bestias, hay necios que llegan hasta el punto de matar personas para saciar su sed con la verdadera dulzura. Se podía entender la hostilidad de los aldeanos. Din sintió que había algo más en los ojos de ellos, además de ira y tristeza. Mientras más lo pensaba, llego a la conclusión de que eran resentimientos, pero no lo dijo.
Estuvo escuchando sucesivamente las historias de los aldeanos. Lo que saco como conclusión fue que nadie de ahí asesinó a Mari. Al menos Din tenía la certeza de eso.
Incluso si se hubiera tratado de una bestia, sin duda era un acto demasiado salvaje haber drenado la sangre. Pero al pensar que se trató de una persona dando rienda suelta a su salvajismo, los dos misioneros rechazaron la idea, ya que de ningún modo podía existir alguien así. Aunque no habían vivido aquí por mucho tiempo, todavía les sorprendía el lado sensible que ocasionalmente mostraban los aldeanos. Quizás habría que decir que era un sentimiento propio de ellos, que viven en diálogo con la naturaleza y por eso procuraban ayudarse unos a otros.
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Por eso, no podía haber nadie entre ellos que pretendiera ser un vampiro e imitara beber sangre humana. Solamente podían considerar eso. Más bien tan solo podían considerar eso.
Incluso del hombre que parecía ser la única excepción, Emil Moron, el anciano que había sido golpeado por Ronto hace un rato, una vez que escucharon su historia, ni siquiera sintieron sospechas. Ronto Freiz, que había estado tan furioso, murmuró que ya era suficiente y, tal vez habiéndose acordado nuevamente de su hija, comenzó a llorar en un rincón de la habitación.
El anciano llamado Emil restregó su frente contra el suelo enfrente de Din, se arrepintió de su error y le dijo la verdad. No fue a la casa de Ronto por la sangre de Mari, había ido a lamentar su muerte. No obstante, mientras contemplaba la moribunda cara, comenzó a preguntarse si algún día estaría así de frío y moriría así, y de repente se asustó. Puede que haya pensado eso porque ya era viejo y, por lo tanto, le quedaba poco tiempo de vida. En ese momento, recordó la tradición de que al beber sangre humana se podía extender la vida. Solo porque nadie miraba, inconscientemente lamió... el cuello de Mari alrededor de la marca de los colmillos. Pensando que quizás esto podría ayudarle a alargar su vida un poco más.
"Pero yo no soy un vampiro". "Yo tengo suficiente con la sangre de animal". "Es la verdad". "Créeme".
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Después de eso, Ronto, quien regresó al lugar en donde estaba su hija, encontró saliva en su cuello e interrogó a las personas que se habían reunido en la residencia del jefe de la aldea, y como resultado, Emil confesó. Eso fue lo que sucedió. Din se arrodilló y colocó suavemente su mano en la espalda del anciano que hecho un ovillo temblaba. Y entonces le dijo que Dios había perdonado ese pecado.
El anciano levantó la cara y parecía realmente feliz. Din también no pudo evitar sentirse feliz. Pero, esa sonrisa del misionero también en un instante quedó completamente helada por las siguientes palabras de Emil.
"Quizá lo que me dijo el señor Pierre debió de haber quedado grabado en mi mente". "Hay un refrán que dice que la sangre humana otorga una vida tan larga que es incomparable a la que da la sangre de las bestias".
¿Pierre te lo di...?
¡Lo había olvidado! Din se levantó y sin decir nada salió de prisa de la residencia. ¿A dónde tenía intención de ir? Por supuesto, a la cabaña de Pierre en las afueras de la aldea. Mientras corría, el joven misionero no pudo evitar maldecirse por haberse olvidado completamente de aquel alquimista.
Rápidamente, encontró la cabaña a la que se dirigía, aunque nunca había ido ni una sola vez antes. Sin tocar, le dio una patada a la puerta. Como era de esperar, Pierre Baian no estaba. En cambio, había algo en la habitación que no esperaba. Así fue como descubrió que Pierre no estaba ajeno al asunto de los vampiros. Din se enojó tanto que tiro de una patada un escritorio cercano.
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El recipiente de vidrio que estaba sobre el se quebró y un líquido de diversos colores se derramó en el piso. Los mezclados productos químicos arrojaron burbujas de colores inusuales y humo que lastimaba los ojos. Él salió de la cabaña maldita, huyendo del fuerte hedor que llegaba a su nariz.
Pierre invocó a un vampiro, sin duda alguna llamo a un oscuro rey demoniaco. Todo eso le recordó a una pintura que hace tiempo había visto en la que se representaba un banquete de brujas. Pero, nunca pensó ver con sus propios ojos un altar dedicado al demonio.
Din regresó a la residencia del jefe de la aldea y les dijo a los aldeanos lo que vio sin ocultar nada.
Lo de que Pierre no estaba en la cabaña. Lo de que allí había un altar dedicado al demonio. Y además lo de que los vampiros aparecieron, todo eso era la innegable verdad.
Las personas que escucharon todo de repente se confundieron. Pero pronto se aquietaron. Fue la reverenda Elizabeth Aye quien dijo. "Un demonio resucitado por la fe también perecerá por la fe". Eso les prometió a ellos. Como sabían que los juramentos eran sagrados, los aldeanos asimilaron inmediatamente sus palabras. El miedo y la ansiedad todavía pesaban en sus corazones, pero como no tenían nada más en lo que creer, no tuvieron más remedio que confiar en las palabras de la reverenda. No tuvieron más opción que creerle.
Después de eso, Din les recordó que se abstuvieran de salir por la noche, que cerraran las puertas con llave y que recordaran orar a Dios antes de acostarse. Porque no se podía hacer más. Porque eso era todo lo que tenían que hacer.
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Todos sintieron vivamente su propia impotencia. Algunas personas se mostraron algo escépticas de que esto evitaría los ataques imprevistos de vampiros, pero no se molestaron en decírselo a los misioneros.
Al salir afuera, el sol ya se había puesto detrás de las montañas. El descorazonador resplandor crepuscular apenas cubría el entorno de un color negro rojizo, pero sin duda eso también desaparecería pronto. Las personas comenzaron a correr sin despedirse o saludarse, preocupadas por no poder volver a casa antes de que el mundo perdiera su color y se convirtiera en verdaderas tinieblas. Ese debería haber sido el final del día de pesadilla. Cualquier ínfima esperanza se hizo añicos, y los temores de todos eran correctos.
Esa noche, un necio sin temor a los vampiros, caminando por la aldea con una antorcha en la mano, fue visitando casa por casa.
Esa persona con una cara que parecía que le habían sacado el alma era Ronto Freiz.
Decía lo mismo dondequiera que iba.
"MARI SE HA IDO"
4
La puerta fue golpeada violentamente, y debido a ese sonido el hombre se despertó.
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Al principio, pensó que Ronto Freiz había vuelto a venir solo para decir cosas sin sentido. Otra vez en medio de la noche, mientras lloraba, "Mari se fue". Eso era lo que decía. ¿No era obvio, porque fue asesinada, en este caso por un vampiro? El padre parecía no querer aceptarlo. Sin embargo, era la triste realidad. Si se niega la realidad, si se rechaza, y se trata de escapar de ella, esa realidad seguramente regresará. Para evitar que eso sucediera, tal vez debió haberle dicho que Mari se dirigió al reino de Dios. O quizá el tono con el que le hablo fue demasiado frío. Debido a ese sentimiento de culpa, Din Silva finalmente sintió ganas de abrir los ojos.
Un resplandor aún débil y suave llenó el dormitorio del joven misionero. Era hora de ver si había amanecido o no. Durmió demasiado y lamento haber descuidado tocar la campana de la mañana, pero anoche estuvo hasta muy tarde con Elizabeth ofreciendo oraciones al Señor. Pensándolo bien, era inevitable. El hombre se estiró bastante en la cama. Se volvió a escuchar el violento sonido de golpes en la puerta. Por cierto, a diferencia de siempre, los alrededores de la iglesia eran hoy más ruidosos.
Sintiendo una extraña inquietud, Din salió casi volando de la habitación sin siquiera preocuparse por cambiarse de ropa. Ahí se encontró fortuitamente con Elizabeth, que salió del otro dormitorio. Intentaron decirse algo, pero los golpes en la puerta no paraban, así que se apuraron hacia ahí.
Esperando afuera a los dos misioneros había tres aldeanos. Din vio a la persona que tenían capturada y se estremeció.
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Porque ese hombre era el alquimista Pierre Baian. Como de costumbre, tenía una sonrisa en los labios que incomodaba a quien la viera. Sin decir nada, echo una mirada a sus antiguos camaradas. A Din le inquietaron esos ojos. Porque sintió que definitivamente no eran los ojos de alguien que estaba esperando un juicio. Por el contrario, se veía que estaba disfrutando de la situación.
Un aldeano comenzó a explicar.
Él le tenía tanto miedo a los vampiros que no había podido dormir incluso cuando el alba se estaba acercando. Como no había nada que hacer al respecto se dispuso a mirar por la ventana cuando vio casualmente a Pierre caminando hacia su propia cabaña. Así que colaboro con Yask y Pilim, que vivían cerca, para capturarlo, eso fue todo lo que sucedió.
Tenía bastantes cosas que quería decirle. Pero, no le salieron las palabras. Después de todo, Din fue el primero en reprender a Pierre por quebrantar los mandamientos. Quebrantar los mandamientos, en otras palabras, significaba romper los preceptos como sacerdote. Convertirse en un adorador del demonio mientras le ofrecía rezos a Dios era claramente un pecado y debía de ser castigado. Abandonar el sacerdocio y prometer lealtad a un dios malvado, no era el problema. Porque Din no tenía intención de excluir la herejía. Sin embargo, el comportamiento de Pierre era intolerable. No solo hizo aparecer en este mundo al rey demonio, a quien solo se le permitió morar en leyendas y tradiciones, sino que una niña inocente perdió la vida debido a sus venenosos colmillos.
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Depende del ser humano mismo creer en cualquier dios. No obstante, si se provocara la muerte de alguien para satisfacer los propios deseos, eso sería un gran pecado, lejos de cualquier libertad. No había razón para perdonarlo.
Din se acercó a Pierre con una expresión severa y le pregunto "¿Qué aprendiste en la iglesia?" El pecador alquimista todavía mantenía su fría cara. Y dijo...
"¿Cómo crees que yo podría engañar a Dios?"
El joven misionero se sintió mareado y pensó que era mentira suponer que todos los seres humanos son hijos de Dios. "Tú, asqueroso demonio", murmuro inconscientemente. No obstante, Pierre no respondió nada, solo soltó una desagradable sonrisa.
De repente se escuchó un alarido. Las seis personas, casi al mismo tiempo, miraron hacia la dirección donde se emitía la voz quejándose de la anormalidad. Un hombre de la aldea venía corriendo hacia el lugar en donde estaban. Con el pelo de punta, los ojos bien abiertos y las piernas enredadas, se abalanzó desesperadamente hacia ellos ¿Qué pasaba?, Din sintió que no se trataba de un asunto trivial.
Su ansiedad le dio la razón.
Hubo dos víctimas. En la garganta de los cadáveres, como lo supuso, tenían dos marcas de colmillos, y no quedaba ni una sola gota de sangre. Al llegar corriendo Din y los demás, muchos aldeanos se habían reunido alrededor de la casa de Tims. El misionero agarró del brazo al transgresor alquimista y entró en la casa.
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Lo hizo para hacerle saber a Pierre cuan aterradores podían los vampiros.
Al igual que en el caso de Mari, Shir Vink parecía haber sido atacada mientras dormía. Con la barbilla levantada, su arqueado cuerpo se estaba enfriando encima de la cama. Por eso las marcas de la mordida del ser de oscuridad parecían enfatizarse más de lo necesario. Arrodillado a su lado y con su cuerpo estremeciéndose estaba el esposo de Shir, Tims Vink. Eran una pareja casada que tenían juntos un año, la gente de la aldea se burlaba porque todavía no tenían hijos. Sin embargo, en una noche la felicidad se convirtió en desesperación. Din sintió un dolor en el pecho al pensar que nunca volvería a ver la siempre alegre sonrisa de Tims. La ira que se había calmado se reavivó.
Din Silva agarró a Pierre por las solapas y tiró de él con todas sus fuerzas. Y con una expresión aterradora que no se podía imaginar de su habitual y tranquilo semblante, maldijo al hombre que vendió su alma al demonio. "Esto es tu culpa maldito". "¡Es igual a que tú la hubieras asesinado!"
No obstante, un demonio con un conjunto diferente de valores no podía tener ningún remordimiento de conciencia. Las palabras de Din no significaban nada. Lejos de arrepentirse de su pecaminosidad, Pierre se echó a carcajear. Luego dijo en un susurro. "¿Yo la maté? No me hagas reír. Nadie ha muerto todavía".
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Todos los que se encontraban justo ahí, incluso Tims, se olvidaron de llorar y contemplaron sorprendidos la cara del alquimista. ¿No está muerta? ¿A pesar de que ya se puso tan fría? ¿A pesar de que cada gota de sangre ha sido drenada de su cuerpo? No estaba muerta. No podían creerlo.
En ese momento los aldeanos recordaron la aterradora historia que escucharon de los misioneros.
Din y Elizabeth, ellos mismos, habían transmitido esas tradiciones para aumentar el número de creyentes.
Entonces recordaron por qué los vampiros eran tan aterradores.
Cuando Ronto dijo que su hija se había ido, no quiso decir que ella había muerto, sino que el cadáver había desaparecido.
¿Cómo desapareció su cadáver? Nadie se la llevó. Definitivamente no. La muerta se había ido a alguna parte caminando con sus propios pies. ASÍ ES, LA FALLECIDA CON EL NOMBRE DE MARI FREIZ CIERTAMENTE ESTABA REALMENTE MUERTA COMO SER HUMANO. NO OBSTANTE, COMO DEMONIO DEVORADOR DE SANGRE ESTABA VIVA.
¡TODAVÍA ESTA VIVA, COMO DEMONIO DEVORADOR DE SANGRE! En el momento en que Din murmuro eso, la gente salió como proyectil de la cama donde yacía Shir. La única excepción fue su esposo, Tims Vink. Agarro con fuerza la mano del frío cadáver. Y luego, mientras miraba a Pierre, quien tenía una leve sonrisa en su rostro, lo interrogo.
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0076
"¿Estás diciendo que Shir todavía no está muerta?".
La locura moraba en los ojos de Tims.
"Espera hasta el anochecer, al ponerse el Sol, esa mujer obtendrá una nueva existencia." "¿No es para que celebremos todos juntos, el comienzo de su segunda vida?".
5
Mientras hay sol, duermen en la oscuridad, en donde la luz no llegue, y cuando cae la noche, abren los ojos y revolotean a la luz de la luna para satisfacer sus avivados deseos. Eso son los vampiros. Su desbordante vitalidad mantiene alejadas las enfermedades, no envejecen y no temen morir de nuevo. Eso son los vampiros. Una hermosa raza que se entrega con gracia al eterno fluir del tiempo y disfruta de placeres infinitos. Eso son los vampiros. La única raza a la que se le permite probar sangre tal como si comieran pan o bebieran vino. Eso son los vampiros. El alquimista gritó con una expresión embelesada. ¡Bienvenida al mundo del más puro negro!
"¡Detente!", exclamo Din, mientras se tapaba los oídos con ambas manos.
Pierre no mantuvo la boca cerrada. Expreso el esplendor de los vampiros en voz aún más alta.
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Ellos no tienen que sentirse culpables por humedecerse la garganta con sangre. Admiremos a los del linaje de la luna. Para ellos no existen ni la tristeza ni la separación. Lo único que tienen es placer y deleite. Admiremos al señor de la oscuridad ¿Conocen el sabor de la sangre? No el de las bestias, el sabor de la sangre humana. Una dulzura que nunca podrán olvidar una vez que la prueben. ¿No quieren disfrutar de ese sabor? ¿No es eso lo que quieren? ¿No es eso exactamente lo que todos en esta aldea quieren y esperan?
Dicho eso, se quedó en silencio.
Din sostuvo la mano de Elizabeth quien temblaba levemente a su lado, y lentamente miró las caras de las personas en la habitación. Todos miraban a Pierre Baian con una expresión parecida a como si les hubieran arrancado el alma. La sangre se precipitó a la cabeza de los misioneros. ¿Estaban estas personas dispuestas a intercambiar su dignidad como seres humanos para obtener la vida eterna, a desechar su honor como seres humanos solamente para poder probar el sabor de la sangre?
"Quemaremos el cadáver", dijo Din en voz baja. Más que decírselo a alguien, eran palabras para sí mismo emitidas para solidificar su propia determinación.
Sin embargo, llegaron también con claridad a los oídos de la gente. Las miradas que antes estaban reunidas en el alquimista, ahora estaban vertidas en el joven misionero.
Destruir el cadáver con el fuego. Haciendo eso, se evitará que los vampiros proliferen y se reducirán las posibilidades de que los aldeanos se conviertan en víctimas. Y en la circunstancia de encontrar a la muerta desaparecida Mari Freiz, la quemarían hasta que convertirla en cenizas.
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Los vampiros no pueden actuar durante el día. Seguramente, debe estar escondida en el bosque cerca de la aldea. En el momento en el que el sol esté en el cielo, en ese período de tiempo en el que esté indefensa, hay que deshacerse de ella. Y después de eso...
Y luego... al odiado vampiro que le robó la vida a Mari, hay que encontrar al rey demonio que el tonto de Pierre hizo aparecer en este mundo. No hay nada que temer, si creemos fervientemente en la protección divina de Dios.
Din dijo eso con fuerza, pero los aldeanos no respondieron. Ellos estaban confundidos. Din decía que quemar los cadáveres es un proceso de purificación para que los muertos sean llamados al cielo. Pierre decía que convertirse en vampiro es obtener una nueva vida inmortal llena del anhelo de sed de sangre. Ninguno de los dos parecía estar mintiendo. Ambos parecían estar en lo correcto. Solo que, aun así, todos se estaban sintiendo culpables por pensar en humedecer sus gargantas con sangre humana. Por eso... por eso estaban confundidos. Los aldeanos querían beber sangre. Quería gozar de la vida eterna. Por eso la confusión. De repente, Tims Vink se tumbó en el suelo y empezó a llorar. ¿Qué estará bien hacer? Porque no lo sé.
Pierre rio brevemente. Si hacen lo que les digo sus deseos se harán realidad. No hay necesidad de llorar o pensarlo seriamente.
Din golpeo a Pierre. El alquimista que recibió el puñetazo en la mejilla izquierda fue arrojado y se golpeó la espalda contra la pared. Mientras miraba fijamente esa imagen, el joven misionero grito en un tono convincente.
No tenemos tiempo. Tenemos que reducir a cenizas el cadáver antes de que llegue la noche.
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De nuevo el interior de la habitación se llenó de silencio.
Se estaba incrementando la pesadez en la atmósfera y ya incluso parecía que se dificultaba respirar. Hacer ruido podía pensarse casi como pecado. Y luego...
Al voltear a ver la entrada de la habitación, el jefe de la aldea, Bori Renard, estaba parado en ese lugar. Nadie sabía desde cuando había estado allí. Pero, Bori no emitía ninguna palabra. Daba la impresión de haber estado estado escuchando los intercambios de palabras de Din y Pierre durante bastante tiempo. ¿Él también estaba tan confundido como los otros aldeanos?
Si tan solo ustedes no estuvieran... Se escuchó una frágil voz. Era la voz de Tims Vink. Si tan solo ustedes... Estaba a punto de decir algo, pero el sollozo le impidió hablar. Las lágrimas se esparcieron por el suelo.
Je,je,je. Entiendo lo que quieres decir. En otras palabras...
Pierre rio mientras sostenía su mejilla izquierda.
En otras palabras, si en esta aldea no hubiera una cosa tan desagradable como la iglesia, todo iría bien. ¿Verdad?
El hombre que acababa de perder a su esposa levantó lentamente la cabeza. Contemplo a Pierre durante un rato y luego en silencio asintió con la cabeza.
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6
En resumen, eso era.
El desastre ocurre cuando los vampiros aparecen en las aldeas de los seres humanos. En tal caso, las personas no tienen más remedio que tener miedo de que les chupen la sangre. Sin embargo, hay una manera de superar ese miedo. En pocas palabras, ofrecer la garganta a los seres sempiternos, eso era todo. Si los deseos de toda la aldea son la inmortalidad y la sangre, entonces no tenía por que haber confusión. Debían adentrarse en la oscuridad. En la noche todos serían iguales. Lo invisible acepta la belleza y la fealdad sin discriminación. Debían iniciar a danzar junto con la luz de la luna. El mal de la adicción por la sangre que era una vergüenza como seres humanos, al convertirse en vampiros, no habría ninguna culpa por el. Tampoco tenían que preocuparse por la inversión del concepto del día y la noche. Pronto se acostumbrarían.
Así es, Dios...
Pierre dijo como si cantara.
Dios nos dijo esto. El pan es mi carne, y el vino es mi sangre. Así es, vivamos devorando a Dios. ¿Qué es lo que los hace titubear?
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0081
Din no podía dejar de temblar. Incapaz de ver la cara de nadie, bajo la cabeza. ¿Se desharían de los misioneros o de los vampiros? Temió que sería de ellos. Pero, no podía admitirlo o aceptarlo. Apretó el puño con fuerza. Tenía que decirlo. No confiaba en que lo comprendieran. Pero, aun así, había que decirlo. Antes de que los aldeanos fueran más desconcertados por las palabras de Pierre y dejaran salir sus deseos más primitivos del interior de sus pechos. Se decidió. Levanto la cara que tenía bocabajo. En ese momento casi aminoran sus fuerzas. Porque cuando miro a su alrededor, las miradas de todos los aldeanos estaban reunidas en él mismo. ¿Ojos que esperaban una prédica de la maldad del demonio? Por un momento pensó que podría ser otra cosa. Tal vez ojos que esperaban que se convirtieran en camaradas, ojos que invitaban a convertirse juntos en vampiros. Quería llorar. Quería echarse a escapar. Las palabras que estaban atascadas en su garganta desaparecieron. La luz perdió su poder y su rango de visión se cubrió de oscuridad.
El mal de la adicción a la sangre es una enfermedad repugnante.
Una clara voz cruzó resonando en el interior de la habitación.
La oscuridad en el campo visual de Din se desvaneció y de nuevo volvió la luz. Parada a su lado, el joven misionero vio a la hermosa reverenda. Ella pareció darse cuenta de eso de inmediato e hizo contacto visual. Pero, fue solo por un instante, y Elizabeth se giró nuevamente hacia los aldeanos y continuó en un tono agradable apelando a sus corazones.
El mal de la adicción a la sangre, es decir, saciar la sed con sangre humana, es un acto equivalente al canibalismo.
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0082
¿Devorarían a sus seres queridos o a sus hijos para prolongar su propia vida? ¿Se puede perdonar eso? Nosotros no somos bestias. Somos seres humanos racionales. Somos seres humanos que aman la paz y la armonía. No olviden eso. No escuchen lo que dicen este hombre. Cuando Elizabeth dijo: "ESTE HOMBRE", volvió la mirada hacia Pierre y lo miro fijamente.
El hombre que le vendió su alma al demonio también le respondió con una aguda mirada. Sin decir nada. También sin aquella desagradable sonrisa. Eso fue espeluznante.
El cadáver será incinerado. Esto es para no aumentar el número de personas desdichadas. Por la paz de la aldea. Dijo enfáticamente la reverenda.
Al escuchar esto, Tims Vink se aferró a los fríos restos de su esposa. Y entonces lloró desaforadamente como un niño.
¿Hay alguna garantía de que el número de vampiros no aumente más? Con una expresión severa, el jefe de la aldea, Bori Renard, interrogo a los dos misioneros.
Por el nombre de Dios. Elizabeth Aye hizo lentamente la señal de la cruz frente a su pecho y prestó juramento. La existencia del Señor es absoluta y verdadera, debido a eso se le llama Dios. Oremos juntos. La fe misma es la única manera de tocar el corazón de Dios. Si cuentan el número de pecados que han cometido y se arrepienten de sus errores, el miedo y la amenaza se alejaran y naturalmente se les abrirá un camino.
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0083
Una vulgar voz interrumpió. Era Pierre. Abrazando su estómago, se reía mientras le salían las lágrimas. ¿Era tan extraño lo que dijo Elizabeth?
Después de un rato, el sonriente alquimista regreso a su cara seria. Aun así, la desagradable sonrisa suya, esa que incomodaba a otras personas, estaba adherida a las comisuras de sus labios.
Je. Si creen en Dios, ¿serán salvos? Si todo sale bien con solo orar, entonces no habrá dificultades, ¿eh? Pierre Baian comenzó a caminar. Nadie intento detenerlo Porque tenían miedo. Incluso el joven misionero Din Silva no fue la excepción. Todo lo que pudo hacer fue mirarlo fijamente con una expresión de enojo en su rostro. Al poco tiempo incluso la espalda del alquimista desapareció de la habitación.
¡USTEDES, TENGAN POR SEGURO QUE SE ARREPENTIRÁN!
Esas fueron las últimas palabras de Pierre.
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つづく / CONTINUARÁ



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