Episodio 5. NOVELA: EL CASTILLO DEMONIACO DE DRÁCULA "SANGRE DEMONIACA PESADILLA SANGRIENTA TOMO 1"

 Episodio 5. NOVELA: EL CASTILLO DEMONIACO DE DRÁCULA "SANGRE DEMONIACA PESADILLA SANGRIENTA TOMO 1"


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QUINTA PARTE: EL CAPÍTULO DEL FUEGO ARDIENTE

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 ¿Nunca podré olvidar aquel olor? Pensó Din. Y al mismo tiempo aquella escena también estaba grabada en su mente.

 Quemar un cadáver, había oído o leído sobre ello varias veces. En los archivos de la iglesia, la literatura sobre la Inquisición abundaba; en ellos había descripciones meticulosas sobre el asunto. Sin embargo, lo que en realidad presenció Din Silva fue mucho más oscuro y espantoso de lo que esperaba. Parece sencillo que un ser humano sea convocado al cielo con la dignidad de un ser humano, pero al ser muerto por un vampiro que le chupo la sangre, es cuando se requiere una ceremonia tan horrenda.

 En las afueras de la aldea, se erigieron apresuradamente robustas estacas. Ataron los restos de Shir Vink con fuertes cuerdas. A los pies de ella apilaron un montón de ramas marchitas y encima de eso hierba seca. Basados en los vagos recuerdos del joven misionero, se fue preparando todo para la "CREMACIÓN". Lo que a Din le preocupaba era que el cadáver no se incinerara completamente. Había aprendido de lecturas previas, lo complicado que era reducir a los seres humanos a cenizas. Había una historia sobre un inquisidor que debido a preparaciones insuficientes dejó un cadáver medio carbonizado y que después ese mismo inquisidor murió horrendamente bajo la maldición de esa bruja. La verdad es que no sabía si los vampiros realmente poseían ese tipo de poder mágico, pero era mejor tener cuidado, así que decidió todo después de consultar con los aldeanos.

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Los hombres se adentraron en el bosque, y buscaron cosas para quemar. Las mujeres desde sus casas trajeron sebos, resinas, entre otras cosas, que pudieran aumentar la fuerza del fuego.

 Hicieron todo lo que pudieron. Finalmente se prendió el fuego. Ese pequeño fuego llamado de purificación tragándose la seca hierba se convirtió en llamas. Las furiosas llamas se elevaban en el camisón de Shir Vink. El marido de la muerta se quedó sin palabras. Hubo alguien que grito. Involuntariamente, se estremecieron los cuerpos de las personas, pero pronto se dieron cuenta de que el dueño de la voz era Tims Vink y dejaron escapar un profundo suspiro. El furioso fuego acariciaba el cabello largo hasta la cintura de Shir. El marido de la muerta repitió sus ahogados gritos y finalmente intentó saltar a las llamas. Algunos aldeanos esforzadamente lo detuvieron. Las enloquecidas llamas cubrieron por completo el delgado cuerpo de Shir. Entonces, el cadáver en llamas se derrumbó como si las cuerdas se hubieran quemado y cortado. El infernal fuego se dividió en dos e innumerables chispas se esparcieron. Al mismo tiempo se escucharon muchos alaridos. La mujer en las llamas, por así decirlo, luchaba como si estuviera sufriendo por el calor, eso es lo que parecía.


 Afortunadamente, aunque no fue fácil, la quema terminó antes de que se pusiera el sol. ¿Tuvieron suerte de que su cuerpo estuviera seco por habérsele chupado toda su sangre? Shir Vink escapó de transformarse en vampira, en su lugar se convirtió en un puñado de cenizas y huesos y viajó al reino de Dios. Tims recogió sus huesos mientras lloraba.

 Mientras lo miraba, Din tomó una decisión. 

 Quedaban dos vampiros. Mari Freiz, y el ser que sorbió su sangre.

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Sin embargo, el sol se pondría pronto. Ese era el momento en que los seres humanos se volvían impotentes. Lo que debían hacer ahora era buscar alguna manera de salvaguardarse de los seres de la oscuridad. En cualquier caso, tenían que resguardarse hasta la mañana. Cuando saliera el sol, nacería otra oportunidad de buscar... vampiros.

 La firme decisión de Din Silva fue patrullar la aldea de noche. Algunos aldeanos estaban preocupados sobre si estaba bien hacer tal cosa, pero nadie quiso contradecirle. ¿Tal vez el joven misionero tenía esperanza de que alguien pudiera ocupar su lugar? En todo caso, Elizabeth Aye fue la única que se opuso. Aun así, ni siquiera ella pudo cambiar la determinación del hombre que amaba. Con la protección de Dios, no hay necesidad de temer nada, dicho eso, no se podían encontrar palabras para rebatir.

Bueno, si va a ser así.

 Después de regresar a su casa, Elizabeth le propuso algo a Din. Si las cosas van a ser así, los dos deberíamos turnarnos para mirar alrededor de la aldea. Si eso no te parece, entonces vamos juntos.

 El hombre rechazó ambas propuestas. Fue debido a que no quería que ella estuviera en peligro. Esta era una prueba que Dios le había otorgado. Esta era la oportunidad perfecta para mostrar el poder de Dios. La convenció.

 Sintió que si podía aguantar hasta la mañana, esta aldea cambiaría. Tenía la sensación de que el sueño que visualizo cuando estaba en la iglesia local se haría realidad.

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 Si pudiera destruir a los vampiros, debería ganar la fe de los aldeanos a favor del Señor. Cada mañana, todos competirían por asistir primero a la ceremonia de la Eucaristía en la iglesia.

 Sin embargo, había otra razón que hizo que Din decidiera caminar por este lugar de noche. El "dios" cuya historia se había ido transmitiendo en la aldea desde antiguo, del cual le habló el jefe de la misma cuando se estaba haciendo la quema en la hoguera. Eso se había metido en su cabeza y no se alejaba.

 El nombre del dios era Simón Belmond. Nadie sabía si era un héroe legendario o una persona real. Aun así, cuando la oscuridad comenzaba a cubrir esta tierra, siempre aparecía, eso era lo único que se había transmitido en la aldea. Su garganta tenía muchas marcas de colmillos, que se consideraban los "estigmas" del dios. Lo que atrajo la atención de Din fue que Simón empuñaba un látigo de espinas y tenía el poder de convertir a los vampiros en polvo. Sintió que entendía por qué la gente de la aldea temía a Simón Belmond como un "dios". Si una persona era llamada vampiro, le gustaba la sangre y saciaba su sed con ella, entonces Simón tenía el papel de juzgar a ese ser.

 El joven misionero estaba celoso del "dios" de la aldea. Quería que ellos tuvieran fe en el Dios de la iglesia. Por eso, sintió que tenía que hacerlo. Era una oportunidad insuperable para mostrarle a las personas lo maravillosa que era la iglesia. Din estaba convencido de que esta era una prueba como mensajero de Dios. Tenía que proteger a los aldeanos con sus propias manos. Tenía que usar su propio poder para destruir a los aterradores vampiros.

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 Sin embargo, lamentablemente surgirían nuevas víctimas. Hubo un grito que desgarro el silencio que pesaba sobre la aldea esa noche. Fue el grito de una mujer.

          *

 El tenue cielo que se asomaba a través de los espacios entre las hojas cambió lentamente de azul a negro. ¿Cuántas noches pasaron ya, pensó Din, desde su salida a la búsqueda de Simón Belmond? ¿Era la cuarta, no, tal vez la quinta? Se preguntaba si la gente de la aldea todavía viviría con el miedo a los vampiros, como en aquel entonces. ¿O habían ofrecido sus gargantas y se habían entregado al placer de saciar su sed con sangre? El hombre incluso reflexionó sobre lo sencillo que sería unirse a ellos. Era comprensible. Un hombre cuya profesión era exterminar vampiros quizás era una existencia que solamente podía vivir en las leyendas. No podía evitar imaginarse que estaba buscando a un ser inexistente y para colmo desperdiciando su vida. 
 Aun así, Din pensó continuar su viaje. El único "dios" en el que podía confiar ahora no era más que el mismo Simón Belmond.

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 Algo se movió al costado de Din. Con una mirada triste, lo vio. La manta se levantó silenciosamente y la pálida cara de Elizabeth Aye se asomó lentamente.

 Liz... ¿Tienes hambre?

 La mujer asintió y sonrió feliz. Era una sonrisa escalofriante. Dos afilados colmillos sobresalieron de sus labios. Oye, por favor. Rápido dame un poco de sangre.

 Din parecía que iba a llorar, sin embargo con la daga que sacó, se cortó un poco la muñeca .


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つづく / CONTINUARÁ

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