Episodio 6. NOVELA: EL CASTILLO DEMONIACO DE DRÁCULA "SANGRE DEMONIACA PESADILLA SANGRIENTA TOMO 1"
Episodio 6. NOVELA: EL CASTILLO DEMONIACO DE DRÁCULA "SANGRE DEMONIACA PESADILLA SANGRIENTA TOMO 1"
SEXTA PARTE: EL CAPÍTULO DEL PRISIONERO
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Había un lento movimiento en la atmósfera.
Era demasiado leve como para llamarlo viento. El aliento exhalado de una gigantesca criatura, eso sería lo más apropiado para describir ese tipo de flujo atmosférico. Como una serpiente, soplaba a través de las raíces de los árboles e iba lamiendo la tierra podrida. El aliento de un demonio probablemente debía ser algo así. Incluso si conscientemente no se notara, inconscientemente habría una sensible reacción. Si tocara a alguién, sin duda instantáneamente se le erizaría la piel. Es en ese momento cuando los insensibles seres humanos finalmente percibirían el peligro inminente, además de su impotencia.
Arriba, los árboles hacían ruido. ¿Las hojas temblaban con el maligno viento, o se retorcían con sus cálidas caricias? Al mirar bien, había una hoja de color verde que se despedía de la rama y se entregaba toda al aliento del demonio. Se podía imaginar fácilmente el camino seguido por aquellos que se entregaran a sus pasiones pasajeras. Está bien siempre y cuando se hiciera, atraído por dulces palabras y gestos. Pero, una vez que haya experimentado todo al completo, seguro el viento tirará la hoja sin cambiar su expresión. Bajo la ilusión de que ella también puede viajar por el mundo a voluntad, no tiene más remedio que caer mientras lucha. Lo que tendrá es algo que nunca espero, un abrazo de la tierra. Un destino del que ya no puede escapar, incluso si se rehúsa. Tanto el cuerpo como la mente se pudren, y pronto se funden, se mezclan y se vuelven uno. Aun así, no se podía decir que esto necesariamente fuera una tragedia. Es tal vez algún tipo de ritual necesario para el renacimiento. Pensándolo así, tal vez será salvada por haber sufrido ese pasado.
PORQUE... ES PRECISAMENTE DEBIDO A QUE HA CAÍDO, QUE EL SEÑOR LE TIENDE SU MANO DE SALVACIÓN.
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Sin embargo el aliento maligno seguía siendo algo que se debía temer. Incluso las hambrientas bestias que comenzaron a actuar después de la puesta del sol, parece que no podían superar ese miedo. Incluso si lo quisiera, probablemente no habría ninguna presa en este bosque que lo saciara. Aunque si tuvieran la suerte de encontrarse por casualidad con algunas presas, sabría sin pensar cuál sería la indicada para saciar su hambre.
En el vasto bosque continuaba soplando el viento con una premonición de muerte.
Nada se movía. Es lo que se pensaba. No, si había. Dos seres humanos. ¿No sabían que a la valentía excesiva se le llama estupidez? ¿Creen que pueden alejar esta espesa oscuridad con una iluminación como la de una antorcha? El exceso de confianza invita a la muerte.
El que iba a la cabeza era el hombre. Solo ese hombre tenía una antorcha. No solo cargaba en la espalda una gran bolsa, sino también una manta. Probablemente, eso era lo que lo hacía sufrir, estaba completamente sin aliento. ¿Cuánto más cómodo sería si tirara la manta? Pero no tenía la intención de hacer eso. ¿Qué tanto valor tenía eso para él? A pesar de que restringía sus movimientos y solo podía verse como algo que aumentaba su trabajo. No se podía ni imaginar lo que estaba en esa manta como para arriesgar la vida.
Una mujer caminaba un poco detrás del hombre. Por extraño que parezca, ella no cargaba nada.
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Debería saber que si tomara, aunque solo fuera la bolsa que el hombre cargaba en la espalda, haría que este tonto viaje fuera un poco mejor. Sin embargo, no tenía intención de hacer eso. Todo lo que hacía era mirar fijamente la espalda del hombre frente a ella, con una expresión refrescante, o con una mirada soñadora, y caminar con paso lento hacia adelante. No entendía en absoluto la situación en la que se encontraban. Eso daba a pensar. FLOTANDO EN SUS LABIOS, PASABA DESAPERCIBIDA UNA LEVE SONRISA. La sonrisa de la chica era de zozobra. De alguna manera, incluso superaba los horrores que moraban en ese bosque. Incluso si un lobo sediento de sangre los atacara, nunca serían ellos quienes estuvieran tirados en el suelo. Tal confianza se percibía. ¿Sabía el hombre que iba a la cabeza, que era el guía, que la mujer sonreía así?
Había más cosas extrañas sobre la mujer. Por ejemplo, lo que llevaba puesto. Era como si se hubiera despertado en medio de la noche y estuviera vagando por el bosque tratando de hacer sus necesidades. Solamente un fino camisón envolvía su esbelto cuerpo. Estaba rasgado por doquier, tal vez porque se había cubierto de barro durante este temerario viaje, o porque se había quedado atrapada con unas ramas. La luminosidad de la luna se deslizaba milagrosamente a través de los huecos de las hojas densamente crecidas, iluminando ocasionalmente una parte de su cuerpo. Sin embargo, solo emergía su belleza. Lejos de parecer andrajosa, la mujer tenía cierto tipo de elegancia y un aire hechizante sobre ella. La luz de la luna parece ser el mejor maquillaje para una mujer.
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En la tibia atmósfera se desplazaba un leve sonido de pisadas en la podrida tierra. Los pasos del hombre eran lo único que rompí el frío silencio que reinaba sobre el bosque. Los pasos de la mujer extrañamente no se escuchaban. No estaban siguiendo el ritmo del hombre. No creaban ningún sonido. ¿Era posible caminar en silencio en este bosque, incluso con los pies descalzos? En absoluto. Los seres humanos no podían. El hombre estaba preocupado por si la mujer realmente lo estaba siguiendo y miraba hacia atrás muchas veces. Cada vez, ella tenía un semblante más extraño. "No puedo dejarte". Parece que dijo eso. El ideal del hombre era caminar firmemente de la mano de la mujer. Sin embargo, eso no podía ser. No porque ella se rehusara. La razón por la que no podía hacer eso era simple. Era porque el cuerpo de la mujer era demasiado frío. Si la tocaba durante largo tiempo, hasta su alma parecía congelarse. Las noches en las que sus mentes entrelazadas hacían hervir cuerpos. Ahora no eran más que nostálgicos recuerdos. Días de ensueño.
Din se detuvo y volteó a ver a la persona a la que juró su amor. Pero la mujer que estaba frente a sus ojos ahora ya no era la mujer de aquel entonces. Su nombre no había cambiado. Seguía siendo Elizabeth. Su cuerpo era el mismo. Sin embargo, su esencia era diferente. Definitivamente era diferente. Aunque era Elizabeth no era la misma Elizabeth de siempre. Una reverenda que había comenzado a desplomarse. Emergía un miedo a que pudiera marchitarse su amor.
Pero aun así, el hombre, Din Silva, no dejó todo atrás y huyó.
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En este mundo había tantas mujeres como estrellas. Sabía eso. Si salvara su vida, seguramente habría algo bueno en ese aspecto. Eso también lo sabía. Incluso sabiendo eso, Din no podía abandonar a Elizabeth. ¿Era su trabajo como clérigo o su testarudez? No era ninguna de las dos. ¿Era posible escapar de este lugar sin mirar a ningún lado? Incluso podía arrancarle la manta a la reverenda cuando la luz del sol inundara el mundo. Debería poder dar salvación a la derrumbada mente, a la persona que amaba si convertía en polvo su cuerpo. Pero no haría eso. No era capaz de hacerlo. ¿Qué pasaría con el mismo? Porque para Din, Elizabeth Aye era su "TODO". Era imposible para el hombre elegir algo que convirtiera su pasado con ella en un simple recuerdo.
Entonces, Elizabeth le preguntó. ¿Por qué tengo las manos atadas? ¿Por qué tengo que pasar por esto? Apelo con voz susurrante.
Es para evitar que te escapes. Din respondió en voz baja. Y... No parecía que pudiera decir más. Y, ES PARA EVITAR QUE ME CLAVES ESOS COLMILLOS EN LA GARGANTA. No debería haber dicho esto. Ojalá su boca hubiera estado cortada para no haber dicho eso.
La mujer rió levemente. Era una ligera sonrisa. Una muy leve sonrisa que no permitía que sus colmillos se desbordaran de sus labios. ¿Huir? Yo no voy a huir. Jalo ligeramente la barbilla y no levanto la cabeza, sino que miro con los ojos hacia arriba.
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0100
Yo soy tuya, dijo Elizabeth, y comenzó a caminar lentamente. Dirigiéndose hacia Din Silva. Despacio. Silenciosamente.
Si no fuera por las dos cicatrices en la garganta de ella, Din habría abrazado a Elizabeth tan fuerte como hubiera podido. Unas repugnantes heridas, unas heridas que rehicieron su mente y su cuerpo y la corrompieron hasta convertirla en un ser que no era humano. El rostro de la mujer se acercaba. Como disparado, intento retroceder. Pero, no pudo. Sintiendo un terror abrumador, trato de huir. Sin embargo, su cuerpo no se movió. El rostro de la mujer se aproximaba más y más. Sentía que iba a ser succionado por esas misteriosas pupilas. No podía bajar la cabeza ni cerrar los ojos. Tenía la impresión de que se había transformado en una estatua. El rostro de Elizabeth ya estaba frente a sus ojos. A la distancia suficiente como para sentir el aliento el uno del otro. Tan cerca como para tocar sus labios. Sus pensamientos se atrofiaban.
Entonces dijo la mujer con voz susurrante. No hay manera de que me vaya a escapar, y al mismo tiempo rió disimuladamente. Parecía realmente feliz. Porque tú eres mío. ¿No es así? Después de que terminó de hablar, Elizabeth Aye lamió suavemente los labios de Din.
Entonces el hechizo se rompió. Din se liberó de su parálisis, pero su voluntad de escapar se hizo añicos. Perdió el poder de todo su cuerpo. En el acto, se derrumbó y cayó como si estuviera sentado. En lo profundo de sus ojos sentía calor.
La mujer miró al indefenso hombre con una mirada de triunfo. Finalmente, parece que lo entiendes. De sus labios, sin dudarlo, arrojando una tenue luz, aparecieron dos colmillos.
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0101
Levanto la voz y rió.
El hombre susurró el nombre de la mujer. No fue, como la llamaba cariñosamente, "Liz". Sino Elizabeth.
Al tiempo de que la risa de la reverenda se hizo más fuerte, Din apartó los ojos de la tierra.
Lentamente, levanto la mirada hacia ella.
Su pecho ampliamente se arqueó hacia la luna que apenas se asomaba por los huecos entre las hojas y continuó carcajeándose con gruñidos. En su erguida garganta estaban las cicatrices que marcaban el comienzo de la pesadilla.
Se balanceaban suavemente.
Si no fuera por aquella noche
El arrepentimiento se convirtió en lágrimas que bordeaban las mejillas de Din.
Aquella noche...
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つづく / CONTINUARÁ




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