Götzendiener (ゲッツェンディーナー) NOVELA , ACTO 1
Götzendiener (ゲッツェンディーナー).
(El título está en alemán y significa: Idólatras).
Autora: Hiroe Suga (菅浩江).
Ilustraciones: Takami Akai (赤井孝美).
Novela por entregas en la revista Dengeki PC Engine.
ACTO 1. Revista de febrero de 1994.
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| El majestuoso inicio de una novela original presentada en colaboración con el estudio Gainax. |
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Te secas las sudorosas palmas de tus manos en la ropa y agarras con fuerza la empuñadura de tu larga espada.
La "Kish Termavikus" (valiosa gema de la nobleza Kish) engastada en la empuñadura le da a la hoja de la cristalina espada un tenue brillo, otorgándole vitalidad a tus manos; aunque, en este momento, más bien parece como si le regresara una gota de agua a un lago marchito.
Aun con tu vista nublada, miras fijamente a tu oponente. Por fin, te encontraste con el amo y señor de este demoníaco castillo, desgraciadamente a costa de la vida de muchos de tus camaradas.
El gigantesco monstruo, tres veces más alto que tú, se restregaba las puntas de sus largas garras en sus horribles cuernos, emitiendo así un sonido muy agudo. Las yemas de sus ásperos dedos estaban teñidas con la sangre carmesí que acababa de arrancarte del torso. El señor del castillo contempla el vital líquido corriendo por sus dedos y sonríe cruelmente, mostrando sus colmillos.
Ya no había tiempo. Porque, debido a la vehemente pérdida de sangre, apenas podías mantenerte en pie.
"Héroe..."
Como si se hubiera percatado de tu semblante lleno de determinación, escuchaste una afligida voz que provenía desde arriba.
Tus ojos, que ya deberían estar muy debilitados, captan una vívida imagen de la princesa encadenada al altar. Cabello largo color miel, grandes ojos del color de su bosque natal, además de un esbelto, grácil y elegante cuerpo envuelto en una luenga vestimenta blanca. Ella estaba pálida y se encontraba luchando con las despreciables cadenas, que sonaban ruidosamente, mientras encima se preocupaba por ti.
Su voz y su apariencia surtían más efecto en ti que la Termavikus.
Piensas que la salvarás con tus propias manos. A la esperanza de la humanidad, la única hija del rey, la princesa sacerdotisa que ostenta el título de noble Kish, Kish Rim Misa. ¡Definitivamente piensas hacerlo, también por tus camaradas caídos que no lograron llegar hasta aquí!
Mostraste valentía sacando el pecho y le obsequiaste una sonrisa a la princesa.
Un ligero rubor carmesí se extiende por el rostro de ella.
El irritado señor del castillo, con ojos inyectados en sangre que parecían querer salir de sus órbitas, abrió su boca roja oscura, la cual quedó en una posición que asemejaba una cueva, y soltó un rugido estremecedor.
"La resurrección está muy próxima. No permitiré que interfieras."
¿Resurrección? ¿De quién?
Sin embargo, no había tiempo para reflexionar. El pelaje que cubría todo el cuerpo del señor del castillo se erizó. Se estaba preparando para un ataque combinado de olas de calor y vendaval.
Se escuchó el sonido de tu espada. Tu sangre guerrera te hizo moverte antes de siquiera pensar.
Aprovechando una oportunidad en que tu oponente tiene la guardia baja, saltas a su pecho con olor a animal, y repentinamente sientes que tuviste éxito con tu ataque.
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Experimentas el abrumador e insoportable peso del enorme cuerpo de tu adversario presionándote, además de sentir sus malolientes y podridos fluidos cayendo desde la empuñadora de tu espada a tus manos.
Junto con extraños gruñidos guturales, la temblorosa voz del señor del castillo dijo: "No puede ser. He llegado tan lejos, no te entregaré... a la noble Kish".
Te agobiaba el peso que recaía sobre tus brazos. Pero al mismo tiempo, las extremidades cubiertas de espeso vello de tu oponente convulsionaron como en señal de frustración, solo para luego quedar colgando.
El súbito silencio fue incluso doloroso para tus oídos acostumbrados al fragor de la batalla.
Consummatum est. Al fin. Tú... el héroe, has puesto el punto final de la historia.
De golpe, bajó la tensión. Tu borrosa y poco clara conciencia ya había ascendido hasta donde estaba la princesa e incluso había tomado su tierna mano.
Pero...
En ese momento, lo único que percibiste fue un destello de luz. Una presión descomunal destruyó tus cinco sentidos.
Antes de que te dieras cuenta de que fue un último ataque del yacente señor del castillo, tú ya estabas...
Kish Rim Misa recobró la conciencia debido al sonido de su propia tos.
¿Qué? ¿Qué me pasa? Cuando abrió los ojos estaba terriblemente oscuro. Solo después de otra dolorosa tos se dio cuenta de que era por el violento polvo que se levantaba y se adhería tan densamente al entorno que incluso bloqueaba toda visibilidad.
Al incorporarse, los escombros se derrumbaron en un instante produciendo un fuerte ruido. La princesa Misa miró a su alrededor, abriendo lentamente sus verdes ojos.
"¿Qué terrible?".
Cuando presionó su boca con las yemas de sus dedos, los grilletes en sus muñecas hicieron un tintineo.
A través de la nube de polvo, vagamente pudo ver una habitación completamente destruida. La elevada estructura, similar a un altar, en donde había estado encadenada había desaparecido, y las paredes y los pilares de piedra existentes ya no conservaban su forma original.
¿Héroe?
Mientras tropezaba, Misa deseaba encontrarlo con una brillante sonrisa igual a la que le había ofrecido antes.
Pisó algo blando y saltó. Era una pequeña montaña de pelaje color café. Eran los restos del señor de la isla. El aterrador monstruo que la había estado amenazando desde que un pájaro gigante la sorprendió en el jardín del castillo y la secuestró, encarcelándola luego en esta torre.
Así es, todo había terminado.
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Ahora solo quedaba volver a casa. A la ciudad capital que ahora le causaba nostalgia, al lugar en donde su padre la recibiría con una sonrisa, junto con el varonil y fornido joven que acababa de terminar su larga aventura.
"Héroe, por favor responde, Héroe".
La bastilla de su larga vestimenta se enganchó en algo. Era la larga espada de él. Quizá era un regalo de su padre; estaba adornada con la "Kish Termavicus", una gema que solamente la realeza podía portar. La espada sagrada debió de cortar los huesos de innumerables enemigos, pero su afilada punta aún brillaba con fuerza, sin rastro de sangre ni de desgaste.
Al levantarla, una leve calidez de energía sagrada se filtró hacia su cuerpo. La voz de la princesa se hizo más fuerte.
"¡Héroe! ¿Dónde estás? ¡Héroe!".
Él estaba allí. Abajo de los escombros. Sus gruesos dedos, cubiertos de callos, se extendían ya sin fuerza en un charco de sangre.
"Eh... Hér..."
No podía ser que estuviera muerto. Un héroe es un ser que, sin importar cuánto daño sufriera, con solo un poco de descanso resurgiría como un fénix y desafiaría insaciablemente al mal hasta lograr su objetivo. Fue aún más inaudito que en la batalla final terminara su vida junto a la de su oponente.
Ella tomó la mano de él, la cual estaba teñida de un rojo muy profundo, y la estrechó.
No hubo ninguna reacción.
La princesa parpadeó dos, tres veces, luego dejó caer la mano del héroe y de sus elegantes labios salió un comentario algo tonto:
"Ay, no".
"¿Por qué a mí?" Misa confundida suspiró varias veces.
Aunque las cadenas que sujetaban sus grilletes se habían roto, esas pulseras de acero todavía apretaban con fuerza sus muñecas. Intentó cortar las costuras de su vestimenta con la punta de la espada sagrada, pero no le salió nada bien.
Otro suspiro más se escapó de sus labios color cereza.
Hasta hace un par de semanas, había estado viviendo una vida de verdadero lujo como hija única de la familia real. Rodeada de flores, aceites perfumados, música y seda, dentro de un castillo impresionantemente fortificado. Ante ella los nobles inclinaban su cabeza mientras sonreían y, al salir al centro de la ciudad, el pueblo agitaba sus manos para saludarla.
"Sacerdotisa de Kish, protégenos, por favor".
"Bendiciones a la Princesa Sacerdotisa Misa".
"Que la hermosa princesa hija del poderoso rey, sea bendecida por la Kish Thermavicus, por Dilvar la flor destructora de demonios".
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El entusiasmo era tan grande que cuando levantaba levemente la fina tela del palanquín que la transportaba en respuesta a los vítores, las personas se inclinaban.
"Oh, contemplemos el rostro de Rim, la diosa indomable".
"Gloria y prosperidad. Gloria y prosperidad, para la familia real supresora de demonios".
El aluvión constante de halagos normalmente permanecía vívidamente en sus oídos incluso después del paso del tiempo, y Misa agitaba vigorosamente su cabeza para humildemente dar a entender que no era necesario tanto.
"Quizá por eso me secuestraron".
Murmuró eso para sí misma y luego volvió a suspirar.
Ella pertenecía a la familia real, supresora de seres demoníacos. Cuya sacra sangre se compartía con la nobleza, y además era poseedora de la "Kish Thermavicus", la gema que restauraba la fuerza y la vitalidad del arduo trabajo de regir el reino.
Según la tradición, la familia real y sus vasallos lucharon con un feroz coraje y desterraron del mundo humano al colosal rey demoníaco. Fue gracias al trabajo de sus antepasados que el rey demoníaco, que había estado atormentando a la gente con sus funestos poderes, fue sellado junto con unos pocos de sus esbirros en una remota isla en medio del océano.
Seguramente esa era la isla... en donde habían sellado a los demonios. Dado que la trajeron aquí de noche, no sabía nada sobre la topografía del lugar; sin embargo, lo que sí sabía era que el enorme pájaro que la transportó, agarrándola firmemente con sus garras, había estado volando sobre el mar durante un tiempo muy largo.
Si asumía que esa era la tierra del rey demoníaco, entonces seguramente ella fue raptada con el fin de sacrificarla en venganza con la familia real. Era un milagro que hubiera sobrevivido hasta ese momento.
"Ah, me solté".
Los grilletes cayeron haciendo un ruido metálico. Por fin sus manos se sintieron más ligeras y recobró la agilidad de movimientos.
"Pues bien".
Dijo Misa alentándose a sí misma, mientras se ponía de pie.
El héroe y su grupo la habían salvado a expensas de sus vidas. Ciertamente era triste no contar ya con el apuesto y bienhechor hombre, pero ahora tenía que escapar a toda costa.
Tomó entre sus manos la espada sagrada. Y luego con sus blanquecinos y delgados brazos intentó blandirla en diagonal. Estuvo bien. Aunque la espada era pesada, la punta de la hoja cortó el aire limpiamente, sin siquiera balancearse.
El delicado y esbelto cuerpo de Misa estaba entrenado en todos los aspectos de las artes marciales. Ella había pensado que solo lo hacía por defensa personal, pero quizás su padre, el rey, la había estado preparando para un día como este.
Con todo el duro entrenamiento que había hecho y sus habilidades innatas como sacerdotisa, estaba segura de que regresaría al castillo.
Misa bajo la mirada y observo con una mezcla de respeto y melancolía el cuerpo sin vida del héroe.
"Gracias".
Con la espada cortó una parte de la ropa del héroe para conseguir un trozo de tela y con ella ató impecablemente su dorado cabello.
"Y lo siento. Ni siquiera... conozco tu nombre".
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Acaricio suavemente las ahora rígidas manos que hasta hace poco habían estado sosteniendo la espada.
Frunció el ceño.
No, no debía ponerse sentimental. Si se relajaba, seguro se le saldrían las lágrimas.
Misa se puso de pie con firmeza y no miró hacia atrás.
Avanzo por los escombros esparcidos por todo el suelo y llego al costado de una pared semiderrumbada.
La fuerte brisa marina hizo que la bastilla de su larga vestimenta ondeara furiosamente.
"Qué alto está".
Tenía la vaga sensación de que la habían tenido prisionera en lo alto de una torre en algún lugar de la isla.
Misa se sintió mareada al ver la velocidad y el vaivén del vasto océano.
Aguantando el miedo, se acercó a la orilla y miró fijamente. Ahí pudo ver unos cuatro pisos más abajo un verde jardín. También pudo observar una parte de la muralla que lo rodeaba.
Lo que daba a entender que, de manera natural, el terreno de la isla del rey demoníaco estaba por encima del nivel del mar, y que en la cumbre se encontraban aquel jardín y la muralla del castillo; además, incluso todavía más arriba estaba la torre de cuatro pisos.
¿Cuánto tendría que descender para llegar a la costa?
"En cualquier caso, no tengo más remedio que ir bajando, piso por piso".
Después de esforzarse por apartar las desmoronadas piedras, al fin encontró lo que estaba buscando. Era la escalera por la que entraba y salía el monstruo.
Pero la princesa sacerdotisa ipso facto la observó bien e hizo un gesto de duda.
En lugar de encontrar una estructura con numerosos escalones horizontales con huella y contrahuella, se encontró con una escalera de mano. Además, para conveniencia de aquel enorme monstruo, los peldaños estaban demasiado separados. Con la vestimenta que la princesa traía puesta se le complicaría bajar.
"Imagino que no hay remedio. Padre, por favor, perdona a tu poco refinada hija".
Misa sostuvo la espada con el filo hacia abajo y la empuñadura hacia arriba, con la punta dirigida hacia la parte inferior de su cuerpo, y cortó verticalmente por la entrepierna de su larga vestimenta.
"Ay, no, incluso si regreso al reino, por hacer esto tal vez ya no pueda casarme".
Cuando se ató los pedazos de tela en la parte interior de sus muslos, estas se adaptaron a la forma de sus piernas, tal como si fueran los pantalones utilizados en las tierras occidentales. Como era de esperar, también se arrancó las abullonadas mangas, ya que probablemente pudieran engancharse con cualquier cosa, y las usó para sujetar la tela que ondeaba alrededor de su torso.
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Misa sujetó la larga espada por debajo de su improvisado cinto y, con un ligero movimiento, trepó a la escalera.
Pronto, percibió el intenso olor a sangre.
El piso inferior era como una escena sacada del mismísimo infierno. Los cadáveres de los monstruos que intentaron escudar al amo del castillo y también los de los soldados que apoyaron al héroe estaban todos amontonados cubriendo el suelo.
¿A quién le pertenecía la sangre salpicada en la superficie de la pared? ¿Cuántos años tendría el chico que yacía por allá?
"Por mí... ahora todos están..."
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Misa cerró fuertemente los ojos.
Disculpándose de todo corazón, bajó por las escaleras.
Muy pronto los dedos de sus pies tocaron el duro piso y finalmente abrió sus ojos.
La brillante luz se filtraba a través de las desmoronadas paredes que sufrieron la batalla.
Ahí también había cadáveres esparcidos, los cuales eran iluminados por la reluciente luz del sol; la escena era tan surrealista que casi parecía artificial.
Misa miró a su alrededor buscando una salida.
Entonces se percató de que al lado contrario de la escalera de mano había un pasillo.
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¿A dónde lleva? Debido a la oscuridad, no se podía ver bien desde donde estaba ella. Las hogueras restantes ardían amenazantes, y hasta parecían rebanar las paredes de piedra con anillos de luminosidad.
Era demasiado hermoso. Aunque también era demasiado extraño que no se hubieran apagado a causa de la intensa batalla que había provocado que la edificación quedara destruida. El héroe y sus acompañantes debieron haberse infiltrado en la torre desde algún lugar más inesperado.
¿Utilizaron algo para hacerlo?
Ferreas garras de agarre colgaban de la derrumbada pared.
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Instantáneamente, su cara se iluminó mientras al mismo tiempo se acercaba apresuradamente, pero rápidamente sus hombros se desplomaron.
Aunque esa era la parte inferior de la torre, tenía unos cimientos muy elevados y por eso todavía estaba a una altura considerablemente alta con respecto al jardín. Aunado a eso, la cuerda que estaba unida a la garra se había roto y ahora el viento la agitaba despiadadamente.
"Bueno, parece que no hay más opción que continuar por aquel pasillo".
Tardó más tiempo del que pensaba en atravesar la habitación.
Hubiera podido rodear fácilmente los colapsados pilares de piedra y avanzar por el desmoronado piso, pero se resistía a pisar a los soldados que habían combatido con el fin de rescatarla.
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En esos momentos, Misa deseaba ser más como su progenitor, el rey. Aunque su padre había sido muy cariñoso con ella, al igual que los reyes de generaciones pasadas, él también era conocido como un dios de la guerra. Sin lugar a dudas, él pisotearía a sus propios compañeros para sobrevivir.
El pasillo al que llego, más agotada mental que físicamente, estaba frío y húmedo.
Misa agarró de la hoguera un trozo de madera ardiendo y la usó como antorcha.
Pronto, gracias a la rojiza luz, se hizo visible una sólida puerta. Parecía estar hecha de madera, pero a juzgar por los profundos grabados que había por la superficie entera, daba la impresión de ser bastante gruesa y resistente. Intentó empujarla con el hombro, pero fue incapaz de moverla.
Tenía que haber un método para poder abrirla. Tenía que haberlo.
"Esta antorcha es útil, pero no debería ir tan cargada. Además, llevarla hace que me canse bastante. Me preocupa un poco lo que pase después. Pero supongo que no hay más remedio que hacerlo".
Apoyo la antorcha contra la pared. Sus blancas manos envolvieron la empuñadura de la espada sagrada.
"¡Oh! Kish Termavicus. En nombre de Kish, préstame tu fuerza".
La ancestral joya pasada de generación en generación entre la familia real le comenzó a irradiar una suave luz. Era tan tenue que se quedaba un poco atascada en la empuñadura, por lo que parecía no ser tan efectiva, pero aun así Misa logró sentir una agradable calidez alrededor del estómago.
Colocó la espada junto a la antorcha y luego, suave pero rápidamente, enderezó su espalda.
Su expresión se veía como la de una persona diferente. Sus verdes ojos estaban ligeramente inclinados hacia arriba; se veían hermosos, puros y daban la impresión de una fuerte voluntad. Sus labios estaban fuertemente apretados y todo su cuerpo estaba tenso.
¡Bum! La antorcha explotó.
Como si esa fuera la señal para comenzar, con un movimiento delicado y ágil, su brazo derecho se estiró lentamente hacia la oscuridad. A continuación, doblo elásticamente los dedos de sus pies y se movió hacia el frente. Con elegancia, flexionó su esbelta cintura.
Era un baile fluido, llamativo y elegante. Sus dedos tiraban de los invisibles hilos de la atmósfera, y los movimientos de sus pies rodeaban algo que no podía verse.
Las antorchas latían al ritmo de su danza.
La danza de las llamas, una de las habilidades de la princesa sacerdotisa, era una técnica catalizadora.
Los brazos de Misa adoptaron una forma como si sujetaran algo firmemente. Y con esa postura, se dirigió a la puerta y la comenzó a empujar poderosamente.
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Junto con un estruendo, abrazadoras llamas envolvieron la puerta.
Secándose el sudor de su frente, sonrió por primera vez desde que comenzaron sus desgracias.
Mientras pasaba por la puerta que todavía estaba ardiendo, de repente Misa giró su cabeza hacia arriba y, con un grito de sorpresa, cayó hacia atrás.
Era una habitación muy extensa, y conectada con varias plantas verticalmente. Tenía un abovedado techo muy lejano del piso y la luz entraba desde el tragaluz de forma diagonal. Lo que esa luz hacía destacar era algo enorme.
En el centro de la habitación, más negra que la misma oscuridad, se erguía una lúgubre estatua.
A ambos lados de su cabeza tenía retorcidos cuernos y, unidas a su espalda, tenía cuatro alas de ave que parecían estar a punto de comenzar a aletear. Su desnudo cuerpo, apenas envuelto en un taparrabos, estaba lleno de endurecidos músculos, y tenía seis gruesos brazos que parecían poder arrasar el mundo de un solo ataque. Cinco de sus manos sostenían espadas y la restante una gran jaula.
Pudo escuchar el graznido de un ave que ya antes había oído; venía desde el interior de la jaula. Le pertenecía al enorme pájaro que la había secuestrado.
El hombre que se elevaba tan alto que casi perforaba el cielo, tenía seis afilados ojos alineados en su amplia frente y con ellos parecía echarle una mirada de desprecio a Misa.
Aunque sabía que era solamente una estatua, sintió escalofríos recorrer su espalda. Le daba miedo; sin embargo, lo que era aún más aterrador era que no era solamente eso.
"¿Por qué estoy a punto de dirigirme hacia ella?"
Misa comenzó a caminar hacia los pies de la estatua, temblando violentamente.
Estaba a su merced. Incluso ya no tenía... fuerza para resistir.
En el interior de su pecho algo fluctuaba con fuerza. ¿Qué era ese sentimiento que no podía evitar sentir? Era una combinación de miedo y... no, no podía creerlo, también era respeto.
Antes de que se diera cuenta, ella se encontraba arrodillada a los pies de esa estatua. Incluso cuando había inclinado su cabeza hacia abajo, aún pudo sentir la mirada de la estatua. La fuerte presión que la agobiante estatua ejercía sobre ella hizo que todo su cuerpo se entumeciera. Era miedo y una sensación agradable... ¿Placer?
"No... detente..."
De alguna manera, con esfuerzos, logró pronunciar algo, pero la postura de su cuerpo contradijo sus palabras. Algo desconocido impreso en cada una de sus células la hacía venerar a la estatua.
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Este es el Rey Demoníaco, fue lo que pensó. Así que esa era la manera en cómo el rey demoníaco manipulaba a las personas.
Las lágrimas brotaban de sus ojos por la humillación. Una descendiente de aquellos que una vez lo sellaron ahora se inclinaba ante él.
"Padre, ayúdame".
Sus manos temblaban. Mientras de las elevadas antorchas saltaban chispas.
"Claro, el... fuego".
Cuando intentó mover sus dedos, encontró tanta resistencia que casi se escucharon crujidos. A pesar de eso, de alguna manera, la princesa sacerdotisa logró dirigir sus manos hacia las llamas.
"Ts"
Sintió un dolor punzante en las yemas de sus dedos. En ese instante, como si le hubieran echado agua fría, recuperó el dominio de su cuerpo.
Sin vacilar, se echó a correr.
Con un choque violento abrió la puerta y la recibió el radiante mundo exterior.
La sensación en las plantas de sus pies al experimentar la textura del césped era muy agradable. Al respirar profundamente, el hedor a monstruo que se había acumulado en sus pulmones pareció disiparse gracias a la fragancia que desprendía la refrescante hierba.
"Uf, qué bien. Lo logré, me salvé".
Su cuerpo y su mente se relajaron bajo los cálidos rayos del sol y una sonrisa se dibujó con naturalidad en su rostro. Había logrado huir de aquella húmeda e inquietante edificación. Como si nunca hubiera existido, el miedo desapareció. Lo siguiente era poder ir hasta el bello mar sobre el que se vertían intensamente los rayos del sol. Quizá ahí pudiera encontrar el barco en el que el héroe y los demás llegaron.
"¿Por dónde estará el camino para bajar?"
El jardín estaba rodeado por las murallas del castillo. Crecía hierba alta y había arbustos dispersos por doquier. Cuando miro hacia atrás, vio muchas torres y otros tipos de edificaciones tan juntas que parecían acurrucadas. Ella estuvo en aquella alta torre. Sobre las otras edificaciones, había unas de baja altura con formas cilíndricas que al parecer estaban conectadas por una especie de pasillos. Se sentía agradecida por su buena suerte de no tener que ir por ahí.
En busca de un sendero por el cual bajar, comenzó a atravesar los espesos arbustos que no le permitían ver bien.
"También... aquí"
Junto a una cilíndrica edificación hecha de ladrillos de color gris claro, estaban esparcidos cuerpos de soldados y monstruos. Parece que se libró una intensa y bastante feroz batalla. Los muros del castillo se desmoronaron y la hierba del suelo había sido arrancada. Más adelante había un espléndido edificio de piedra que emanaba autoridad y, además, pudo ver una barandilla en el acantilado.
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"Ay, ¿qué debo hacer?".
Aunque había un camino para bajar, no se podía ir por ahí. El estrecho surco, seguramente consecuencia de la batalla, no lo permitía. Misa maldijo en voz baja al héroe y a sus compañeros por crear tal zanja.
Definitivamente, no tenía ninguna intención de volver al edificio en donde estaba la estatua de la demoníaca deidad. La única manera de seguir era atravesando el cilíndrico edificio.
Apretó fuertemente sus labios.
Al dar un paso, instantáneamente su pie se hundió.
"¡Aaaah!"
Alterada, Misa rápidamente sacó su tobillo de ahí y observó algo extraño.
"¿Es una tumba?"
Había varias piedras planas cubiertas de hierba. Los caracteres escritos en ellas habían estado expuestos a la intemperie y ya no eran legibles, pero parecían lápidas. Ella había pisado justo entre dos losas que se habían desplazado durante el combate.
Entre las desprendidas placas de piedra se visibilizaba una pequeña espada.
La princesa sacerdotisa frunció el ceño. Dudó un poco, pero luego se decidió y comenzó a mover la lápida.
Cuando con esfuerzos retiro la pesada losa de piedra, desde el interior de la tumba se elevó un maloliente olor a humedad. Allí, tendido, enterrado desde quién sabe cuándo, había un monstruo de piel gris violácea.
La forma de la espada corta que sostenía firmemente con sus cuatro manos le parecía familiar.
"Esa es..."
Había visto ya ese adorno en la empuñadura de acero y los patrones estampados en la vaina. Era de las espadas que se guardaban en la sala del tesoro en las profundidades del castillo.
Su padre le había comentado algo acerca de ellas: "Mi antepasado las fabricó con el mismo diseño de las espadas que usaba cuando era un soldado dedicado a sellar demonios". Si era de las mismas, entonces este monstruo debió haber matado a un humano y tomarla como botín de batalla.
"¿No es un descaro que repose en los brazos de este engendro?". "Si hablamos de merecimientos, originalmente nos pertenecía a nosotros los nobles Kish".
Tratando de no tocar el cadáver, la princesa Misa agarró suavemente la corta espada.
Sujeto la empuñadora y, como si estuviera revolviendo algo, trato de aflojarla de los dedos de color inquietante. Aun así, como el monstruo aún la sujetaba con fuerza, Misa tuvo que olvidarse de la vaina.
Al tirar suave y constantemente de ella, en un momento dado apareció una hoja plateada por la que parecía no haber pasado el tiempo. Era un trabajo artesanal excelente. La humedad dentro de la tumba provocó que se formara una capa de gotas líquidas en la hoja.
Mientras dejaba escapar un suspiro de admiración y la sacaba de la vaina...
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Repentinamente, el monstruo intentó arrebatársela brusca y violentamente.
"¡Aaaah!"
Misa cayó de sentón sobre la hierba. Parecía como si su corazón se fuera a salir por su boca.
Con los ojos entrecerrados, el cadáver se fue levantando lentamente de la tumba. Las cuatro manos del monstruo vacilaron y la espada cayó a sus pies. Junto con ella también cayó un morado dedo, el cual había sido cortado de manera limpia.
El muerto giró la cabeza con unos movimientos que hacían sentir como si estuviera atascada y posó su mirada en la rubia chica que escapaba.
"Ladron... aaaaaaaa".
"N... No te acerques".
El cadáver ignoró sus palabras. Paulatinamente se fue acercando. Pegajosos fluidos corporales goteaban de las yemas de sus dedos.
¡Importaaante, espada, devuelveee!
Misa le gritó: "¡No tengo nada que devolverte, mira, está tirada ahí!", pero fue en vano. Se preguntaba cuánta inteligencia podía quedar en esa podrida cabeza. Parecía que el cadáver no entendía lo que Misa le decía y continuó acercándose, mientras producía unos crujidos.
"¡Nooo!"
La princesa arremetió con un corte horizontal con la espada sagrada y rebanó el torso del cadáver.
Al instante se arrepintió profundamente de lo que hizo.
Los fluidos corporales se elevaron como si fueran niebla, liberando un olor tremendamente repugnante.
"¡Devuélveee!"
El monstruo ni siquiera parecía sentir dolor. Era obvio, porque ya estaba muerto. Como si tuviera otra articulación más en su pecho que le permitiera movilidad, su cuerpo extrañamente encorvado todavía seguía avanzando.
Misa ya no quería cortarlo más. Incluso si no acababa con él, el olor podría asfixiarla.
De reojo, Misa visualizó la puerta del edificio cilíndrico.
En ella había algo. Era algún tipo de diseño.
En la puerta de piedra de color gris estaba tallada una flor sin tallo. La forma que tenía era muy similar a la flor Dilvar, la cual era usada en los emblemas de los nobles.
Sí, parecía realmente que ese era el caso y ese diseño era la flor que brotaba abundantemente en el mundo para castigar al mal.
Misa corrió velozmente hacia la puerta gritando: "¡Dilvar flor destructora de demonios, protégeme!".
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(3月号につづく) Continuará en (el número de) marzo





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